Vida de PalabraHola, bienvenidos a Vida de palabra, este es tu blog y podras visitar todos los documentos sobre medios de comunicacion y otras cosas, este es tu espacio, En este blog encontrarás datos sobre Comunicación y Medios Masivos de Comunicación y sus efectos 2006-11-30T19:44:09+00:00
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Gastronomíathe-shaker: that blog/flickr/multimedia-aggregator kind of thingVida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/30/sociedad-del-conocimiento-y-la-informacion-Sociedad del Conocimiento y de la Información:2006-11-30T19:44:09+00:002009-04-15T09:36:48+00:00
<p>Nuestra reflexión, parte de lo que será definido Sociedad del Conocimiento y de la Información, empezaré con la definición de Sociedad del Conocimiento; este elemento sería utilizado por primera vez en 1969 por Peter Drucker , posteriormente después en el decenio de 1990 fue profundizado en una serie de estudios detallados publicados por investigadores como Robin Mansel o Nico Stehr.<br />
En este párrafo explicaré un poco de historia sobre La "Sociedad del Conocimiento" de Peter Drucker, así como un poco de historia y una pequeña biografía sobre él y sus conocimientos sobre este tema. En 1969, Peter Drucker, en su libro más conocido “La era de la discontinuidad”, escribiría una sección sobre “la Sociedad del Conocimiento”, basándose en una serie de datos y proyecciones económicas de Fritz Machlup (uno de los primeros autores en acuñar la expresión "Sociedad de la Información"). Drucker añadió que, a finales de los 70, el sector del conocimiento generaría la mitad del PIB . En 1970, el tema del encuentro anual de la American Society for Information Science era “la Sociedad de la Información-Consciente”, y un artículo presentado trató sobre “el Advenimiento de la Sociedad de la Información”.<br />
En 1974, Drucker escribió su libro “La sociedad post-capitalista”, en el que destacaba la necesidad de generar una teoría económica que colocara al conocimiento en el centro de la producción de riqueza. Al mismo tiempo, señalaba que lo más importante no era la cantidad de conocimiento, sino su productividad. En este sentido, reclamaba para una futura sociedad, para una sociedad de la información en la que el recurso básico sería el saber, que la voluntad de aplicar conocimiento para generar más conocimiento debía basarse en un elevado esfuerzo de sistematización y organización. Para Drucker, en la sociedad de la información, el saber es el único recurso significativo, mientras que los tradicionales factores de producción ( recursos naturales, mano de obra y capital ) se han convertido en secundarios y pueden obtenerse, con facilidad, siempre que haya saber. Para Drucker, las nuevas tecnologías, que acompañan a la sociedad de la información, están transformando radicalmente las economías, los mercados y la estructura de la industria, los productos y servicios, los puestos de trabajo y los mercados laborales.<br />
Según él, “El impacto es mayor, en la sociedad y la política, y, en conjunto, en la manera en que vemos el mundo y a nosotros mismos”.<br />
“No olvidemos que nos encontramos, en esos momentos, en los albores del modelo de empresa multinacional y transnacional, que atraviesa fronteras“ ; que se extendería por todo el globo como paradigma de la economía más avanzada. Este discurso de las empresas de talla mundial, se apoyaba en el auge de las industrias, las redes de información, liberando del peso de las fronteras a los gestores de la producción, consumidores y productos, interconectándolos en un mercado único que se autorregula para decretar la irracionalidad del Estado-nación, y por consiguiente de la caducidad de las políticas públicas.<br />
Expuesto lo anterior, también me pareció importante investigar sobre los aportes de Robin Mansel y Nico Stehr sobre este aspecto y cosas relacionadas, que a continuación se exponen:<br />
Nico Stehr, dice que el tránsito de una sociedad industrializada hacia la sociedad y la economía del conocimiento, no fue movilizada por las tecnologías de información, sino que la causa fue una demanda configurada por la confluencia fortuita de una oferta de mano de obra sobre calificada, de un cambio tecnológico, y de una demanda social que exigió premiar a los individuos con las más altas certificaciones educativas y habilidades tecnológicas.<br />
Robin E. Mansell, nos dice que la política de comunicación/información, conocida internacionalmente por su empuje y sus éxitos, aparece también cargada de contradicciones. Especialmente, la prioridad dada a las exportaciones entra en colisión con el desarrollo de la autonomía cultural, económica y política. La definición e implementación de la política nacional en el sector comunicación/información se hace cada vez más importante con cada avance hacia una red internacional integrada de información. Las naciones intentan elaborar políticas que protejan y extiendan las posibilidades de un desarrollo autónomo en lo económico, lo político y lo cultural.<br />
Volviendo al tema, podemos decir que las sociedades de la información surgen con el uso e innovaciones intensivas de las tecnologías de la información y las comunicaciones, donde el incremento en la transferencia de información, modificó en muchos sentidos la forma en que se desarrollan muchas actividades en la sociedad moderna. Sin embargo, la información no es lo mismo que el conocimiento, ya que la información es efectivamente un instrumento del conocimiento, pero no es el conocimiento en sí, el conocimiento obedece a aquellos elementos que pueden ser comprendidos por cualquier mente humana razonable, mientras que la información son aquellos elementos que a la fecha obedecen principalmente a intereses comerciales, retrasando lo que para muchos en un futuro será la sociedad del conocimiento.<br />
Cabe destacar, que la sociedad del conocimiento no es algo que exista actualmente, es más bien un ideal o una etapa evolutiva hacia la que se dirige la humanidad, una etapa posterior a la actual era de la información, y hacia la que se llegará por medio de las oportunidades que representan los medios y la humanización de las sociedades actuales, mientras la información sólo siga siendo una masa de datos indiferenciados (hasta que todos los habitantes del mundo no gocen de una igualdad de oportunidades en el ámbito de la educación para tratar la información disponible con discernimiento y espíritu crítico, analizarla, seleccionar sus distintos elementos e incorporar los que estimen más interesantes a una base de conocimientos), entonces seguiremos estando en una sociedad de la información, y no habremos evolucionado hacia lo que serán las sociedades del conocimiento.</p>
<p>Ahora, habiendo explicado un poco sobre Sociedad del Conocimiento pasaremos a Sociedad de la Información.</p>
<p>Una de las primeras personas en desarrollar un concepto de la sociedad de la información fue el economista Fritz Machlup. La frase fue empleada por primera vez en su libro "The production and distribution of knowledge in the United States" (La producción y distribución del conocimiento en los Estados Unidos) en donde concluía que el número de empleos que se basan en la manipulación y manejo de información es mayor a los que están relacionados con algún tipo de esfuerzo físico. La razón por la cual conflictos entre acceso libre y leyes de copyright o derechos de autor cada día se vuelven más comunes.</p>
<p>No existe un concepto universalmente aceptado de lo que se le llama "Sociedad de la información", los sectores relacionados con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), desempeñan un papel particularmente importante dentro de este esquema. La sociedad de la información no está limitada al Internet, aunque este ha desempeñado un papel muy importante como un medio que facilita el acceso e intercambio de información y datos.</p>
<p> En otras palabras, podemos decir que la Sociedad de la información determina hábitos, contextos y posibilidades personales o colectivas; para algunos es un modelo más que un concepto y para otros, como Raúl Trejo, es Aspiración más que un diagnóstico .<br />
Por lo tanto, designa situaciones o aspiraciones diferentes y es una forma de organización compleja. Por eso se dice que su concepto está en evolución, para mi, el concepto tal vez más aceptado es que Sociedad de Información es el impacto de la tecnología de información y las comunicaciones en toda economía y sociedad civil, al igual que se complementa con este: término empleado para describir una sociedad y una economía que hace el mejor uso posible de las tecnologías de la información y la comunicación; la SI garantiza libertad de expresión de prensa y de medios, permite desarrollo de creación de conocimiento, transforma el entorno. Los periodistas son los mediadores de la transmisión de la información y el conocimiento, mismo que a veces no es suficiente, por lo que las personas deben de enterarse y documentarse para entender acerca de la sociedad y lo que pasa en su conjunto, pues los medios de comunicación muchas veces no están a la altura de éstos requerimientos y no se distinguen por ofrecer una interpretación clara y de calidad.</p>
<p>Creo que Sociedad de Información se puede explicar de la siguiente manera:</p>
<p>Desarrollos Digitalización Informática Tecnologías<br />
y e Sociedad de la<br />
Tecnológicos Telecomunica- Multimedia, de la Información<br />
Ciones Hipertexto Información y<br />
Comunicación (TIC)</p>
<p>Explicado lo anterior, decimos que la Sociedad de la Información y las TIC, permiten a las personas realizarse, promover un Desarrollo Económico y Social Sostenible, una Forma de Organización Social; de las cuales, destacamos dos que me parecen importantes: </p>
<p> Forma de Organización Social<br />
Desarrollo Económico y Social Sostenible</p>
<p>Un ejemplo de TIC, es el Internet, de entre otros nuevos medios de Comunicación entre los que se encuentran: </p>
<p> Como ya dijimos, Internet ----> WWW y correos electrónicos<br />
Teléfonos Móviles (Celulares) ----> Agenda, cámara, reserva datos.<br />
Discos duros portátiles ----> IPod----> Almacena, reproduce música y archivos de diferentes formatos.</p>
<p> Internet es uno de lo más importantes, pues es el más notable influyente de los medios surgidos por TIC, pues los contenidos son difundidos cuando circula en la red de redes, de manera reticular, permite una rápida y multilateral circulación de información sin restricciones, pues además, es un espacio de reacciones, réplicas y contribuciones variadas, un recurso global y crítico como herramienta de negocios y sociedad, pasaporte a la circulación equitativa en el desarrollo en el desarrollo económico, social y educacional. Es la columna vertebral de la SI, medio dinámico, flexible, incluyente y diverso, que el mismo los contenidos se vuelven mensajes propagándose de manera extensa y constante, a veces, se le relaciona con la democracia. </p>
<p>A continuación se muestra una tabla con datos sobre el crecimiento de Internet así como de otras estadísticas importantes:</p>
<p>Áreas más aventajadas de Internet: África, Asia y Medio Oriente</p>
<p>Mayores Usuarios:<br />
América del Norte: EU 69%, Canadá 65%.<br />
Menor Crecimiento: Norteamérica que Medio Oriente, África y América Latina.<br />
Mayor Crecimiento: América Latina: Uruguay 37%, Costa Rica 28%, Chile 26%, Argentina 20%, Perú 17%, México y Brasil 14%.<br />
Desarrollo más lento o nulo: Países Latinoamericanos: Bolivia 3%, Paraguay 2%, Nicaragua menos del 2%.<br />
Tasas Altas: Caribe: Barbados 38%, Araba 35%, Puerto Rico 26%, al contraste de Cuba con 1%.</p>
<p>Mostrado lo anterior, se dice que existe una Brecha Digital, que es la separación entre países e individuos que tienen o carecen de acceso a las nuevas tecnologías, específicamente a Internet. Entre los que podemos ver el Menor Crecimiento de Norteamérica, Medio Oriente, África y América Latina; así como Países Latinoamericanos: Bolivia 3%, Paraguay 2%, Nicaragua menos del 2%, que tienen un Desarrollo más lento o nulo.</p>
<p>Dentro de Internet se dice que existe un ciberespacio, lo que se traduce como una parte significativa de Internet, pues es la relación que existe entre quien interactúa en alguna zona de Internet. El primero en usar esa palabra fue el escritor William Gibson en su libro Neuromante en 1984.<br />
Se habla también de la Revolución digital, que ha creado plataformas para un libre flujo de información, produciendo una impronta en como el mundo funciona. Así como de usabilidad que se define como la facilidad y eficiencia en la utilización de las nuevas tecnologías de la comunicación, se relaciona a la vez con las destrezas que haya alcanzado el usuario en el empleo de estos recursos informáticos así como las características de un equipo o programa de cómputo.<br />
Como mencioné anteriormente, los términos Internet, Sociedad de Información y Brecha Digital, se dice que forman una tríada complementaria:</p>
<p>Internet - Sociedad de Información - Brecha Digital</p>
<p>Lo anterior se explica como un proceso que evoluciona y experimenta ajustes, mantiene riesgos y tensiones definitorias, pues Internet, es complementador de la Sociedad de la Información, que como dije párrafos arriba, contribuyen al desarrollo de la humanidad; también existe una fuente de limitaciones en los diferentes aspectos que es la brecha digital, como se ve, estos tres se complementan, por eso se le llama tríada. </p>
<p>Concluyo este trabajo, diciendo que el reto para los individuos que se desarrollan o nos desarrollamos en todas las áreas de conocimiento y de información, es vivir de acuerdo a las exigencias de este nuevo tipo de sociedad, estar informados y actualizados, innovar, pero sobre todo generar propuestas y generar conocimiento, conocimiento que surge de los millones de datos que circulan en la red.</p>
<p>Información tomada de:<br />
Viviendo en el Aleph, La Sociedad de la Información y sus laberintos, Raúl Trejo Delabre, Ed. Gedisa, España 2006 p.31 y siguientes.</p>
<p>Gabriela Medina
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Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/28/la-musicala musica2006-11-28T05:34:45+00:002007-11-06T07:25:53+00:00
<p>La música esta aquí todos los día, entre nosotros para ubicarla y comprenderla. No hablemos de la historia tradicional de la música, pues hasta hoy es solo una historia fragmentaria de la música superior; no ni de realizar especulaciones acústicas, ni de método pedagógicos, o de la sociología de la interrelación, ni de la técnicas. Es ma conveniente que demos otra vueltas, talvez mirando bien encontremos algo que merezca consideración en la música misma.<br />
¿Qué tal un pequeño paseo entres las diferente clase de la música? hay mucha ¿sabes? y existen pocas palabras de valor general para distinguirla.<br />
La expresión “música culta” se relaciona con el esfuerzo de los estudios e indica una jerarquía elevada con el énfasis en la técnica artística y, como su nombre lo dice, cultural, comúnmente la musica culta generaliza suele llamarse “música clásica” y se refiere como bien sabrás, a la música de cámara u orquestal, que acompaña en muchas ocasiones a óperas y funciones de ballet. en si la las ideas "culta clasica" concierne directamente a la musica conceptual y tecnicamente mas avanzada, alude a un publico coltu reducido (debido ala falta de educacion cultural de la poblacion) que apoya y costea los ultimos movimientos superior culminante de la historia.</p>
<p>Adilene Palomares Medina
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Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/25/sinaloasinaloa2006-11-25T05:03:40+00:002007-11-06T07:25:27+00:00
<p>Una nueva forma de hacer política cimbró los cultivos de jitomate y las marismas de camarón</p>
<p>Recorrido por Sinaloa</p>
<p>"Lo que nosotros conocíamos de Sinaloa, o la información que nos llegaba de su Estado por los medios de comunicación, es que solo el narcotráfico, es que solo las drogas, es que solo los asesinatos. Pero hemos encontrado una Sinaloa rebelde, una Sinaloa que tiene hambre de justicia y paz, una Sinaloa que esta resistiendo los embates que a diario las grandes empresas, los grandes bodegas de camarón y pescado, los grandes hoteleros. Resisten también la delincuencia y el narcotráfico, éste el narco que es amigo del gobernador, que además todos sabemos quien protege al narco; los policías, esos mismos policías son los que los atemorizan, los que los joden pues, porque resulta que nadie siendo de abajo es escuchado, porque no les interesamos a esos de arriba, porque también los funcionarios los joden, y todos los políticos y todavía tienen el descaro de venir a pedirles el voto cada tres o cada seis años, y ¿después de eso? que queda; nada. Nosotros no venimos a pedirles el voto, ni a que manden para presidente a Marcos, lo que queremos es que se organicen en cada uno de sus barrios, de sus colonias, de sus centros de trabajo, porque vamos a tumbar a esos que están allá arriba, porque no sirven, porque no tienen derecho de estar jodiendo al pueblo, ¿porque tenemos que aguantarnos eso?, lo vamos a hacer todos juntos, los vamos a tumbar y a expulsar del país"</p>
<p>Adilene Palomares Medina</p>
Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/25/solo-1-internet-es-pornografiaSólo el 1% de Internet es pornografía2006-11-25T04:52:16+00:002007-11-06T07:25:27+00:00
<p><strong>ESTUDIO DE UN PROFESOR DE BERKELEY</strong><br />
Un estudio dado a conocer esta semana revela que sólo el 1,1% de las páginas 'web' indexadas en los buscadores de Google y MSN contienen material sexualmente explícito. Asimismo, las búsquedas relacionadas con la pornografía en sitios como AOL o Yahoo! apenas alcanzan el 6% del total.<br />
El profesor de la Universidad californiana de Berkeley Philip B. Stark presentó las conclusiones de su trabajo ante el Tribunal Supremo estadounidense, que tiene que decidir si una ley diseñada para proteger a los niños en Internet va contra la libertad de expresión.<br />
La Unión Americana para las Libertades Civiles (ACLU) llevó al Gobierno de Estados Unidos a juicio y se espera que el juez decida la próxima semana. Lo sorprendente del estudio de Stark es que le había sido encargado por el propio Gobierno.<br />
Este profesor de estadística ha analizado una muestra aleatoria de 11.100 páginas obtenidas del índice de Google y de otras 39.999, sobre un total de un millón, provenientes de MSN. El Gobierno estadounidense exigió una cifra similar a Google, pero los propietarios del buscador se negaron y, sólo bajo el apercibimiento del juez, entregaron 50.000. En ambos casos, la proporción de sitios con contenidos para adultos es el mismo, un 1,1 %.<br />
En otra parte de su informe de 43 páginas, Stark calcula el número de búsquedas que devuelven al menos una 'web' erótica. Para ello, dispuso de los resultados de toda una semana de los sitios AOL, MSN y Yahoo. Este investigador ha estimado que el 6% del total de búsquedas llevan hasta un sitio con contenido pornográfico. Pero el propio profesor reduce la importancia de esta cifra. En muchas ocasiones, los internautas ven aparecer una página de desnudos sin estar buscando precisamente eso. Una vez hecha la matización, el autor del informe calcula que sólo el 1,7% de resultados de las búsquedas en AOL, MSN y Yahoo son sexualmente explícitos.<br />
La propia ACLU se ha mostrado encantada con el informe pedido por la parte contraria. Ellos siguen defendiendo que no es necesaria ninguna ley para proteger a los niños de lo que se puedan encontrar en Internet, con los filtros tecnológicos bastaría.<br />
Sin embargo, en este capítulo, el análisis del profesor de Berkeley apoya las tesis del Gobierno. Según su estudio, del 8,8% al 60% de las páginas con contenidos inapropiados no son bloqueadas por la decena de filtros que ha probado. Esta enorme variación está provocada por la diferente eficacia mostrada por cada uno de los sistemas de bloqueo.<br />
Además, algunos tienen efectos secundarios. Los más eficaces en la detección de sitios porno son, al mismo tiempo, los que más páginas 'limpias' bloquean. Basta con que en el texto haya una expresión como "sexo varón" o contenga la imagen de un desnudo artístico para que no se pueda ver. Como dice el propio Stark, "un padre puede bloquear todos los sitios con contenido sexualmente explícito apagando el ordenador".</p>
<p>Gabriela Medina
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Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/25/mundializacion-y-uniformidadMundialización y uniformidad 2006-11-25T04:49:23+00:002007-11-06T07:25:27+00:00
<p><strong>Nuevos centros y periferias</strong><br />
El sociólogo británico Anthony Giddens relata la experiencia de una amiga suya que estudia la vida rural en África. Hace algunos años ella estaba de visita en una aldea remota en donde haría su trabajo de campo. Una familia del lugar la invitó a una velada en donde la investigadora esperaba encontrarse con algunos entretenimientos locales. Pero para su sorpresa, la sesión era para ver en video la película Instintos básicos que en ese momento aún no se había estrenado en Londres. Los habitantes de aquel caserío africano verían la cinta de Sharon Stone y Michael Douglas antes que los espectadores de las salas británicas. </p>
<p>Con ese ejemplo Giddens describe la globalización contemporánea (Giddens, 2000: 19). Hasta hace poco las fronteras entre la dimensión local y la dimensión planetaria y entre la periferia y el centro estaban bien definidas. Ahora, de manera creciente, la expansión internacional de las industrias mediáticas ha vuelto realidad el sueño, que para algunos en más de un sentido también es desvarío, que delineaba Marshall McLuhan hace 35 años. Los productos de las industrias culturales más extendidas pueden ser consumidos en prácticamente cualquier rincón del planeta. Pero los flujos de la comunicación siguen siendo unilaterales. Cada vez tenemos acceso a más información pero el apabullante caudal de datos que recibimos todo el tiempo no necesariamente nos permite entender mejor lo que ocurre en nuestro entorno inmediato y en el planeta ni comprendernos mejor a nosotros mismos. Sin lugar a dudas es un lujo y es parte de nuestro acceso a la civilización contemporánea traer a Sharon Stone (aunque sea en video, ni modo) hasta la sala de nuestra casa. Pero así como podemos tener la fortuna de elegir esa cinta, los establecimientos de video en nuestros países están repletos de chatarra que consumimos con cierta sensación de aturdimiento y difuminación de nuestras capacidades críticas.</p>
<p>Las grandes empresas mediáticas de origen y capital fundamentalmente estadounidense no toda la culpa de la mala calidad de los productos culturales que hoy circulan por el mundo. Pero tampoco son precisamente inocentes en la conformación de ese mercado. Los recursos más poderosos de la industria de los medios suelen ponerse en juego para mostrarnos como novedad eminente de cuyo consumo no podemos prescindir, a infinidad de productos de escasa o nula calidad independientemente de cuál sea el parámetro con el que se les mida. Una de las consecuencias apreciables de la globalización, como le consta a la amiga de Mr. Giddens, es la capacidad de esas industrias mediáticas para uniformar, al menos en algunos casos, los gustos culturales de sociedades muy diversas. En todo el mundo vemos las mismas películas y en ocasiones también los mismos programas de televisión. Pero las naciones con tradiciones e instituciones culturales de mayor densidad cuentan con experiencia, contexto y voluntad para equilibrar con productos propios los bienes mediáticos trasnacionales.</p>
<p>En Ecuador las películas estadounidenses constituyeron el 99.5% de todos los filmes importados en 1991. En Venezuela la cintas producidas en los Estados Unidos pasaron del 40% al 80% entre 1975 y 1993 respecto de todas las que se importaron en ese país. En Bolivia aumentaron del 44.4% al 77% entre 1979 y 1995. En México del 40% al 59% entre 1970 y 1995. En Costa Rica del 60% al 96% entre 1985 y 1995 (UNESCO,1999). </p>
<p>En Francia, según la misma fuente, el cine estadounidense ocupó el 57% de la cinematografía extranjera importada en 1995; en Alemania el 68% ese mismo año. Las películas de ese origen fueron el 76% en 1993 en Grecia; el 55% en España en 1995; el 60% en Suiza en 1992. Estas cifras no nos dicen nada nuevo pero confirman no sólo la preponderancia de los productos mediáticos estadounidenses sino, junto con ello, la capacidad de las naciones de mayor desarrollo económico y cultural para diversificar el origen de los bienes mediáticos que consumen.</p>
<p>No existen estudios capaces de pormenorizar qué sociedades en cada país, o qué sociedad planetaria si es que la hay, se están creando al compartir la contemplación de las mismas series de televisión y la misma cinematografía. Pero el sentido común y la constatación de idiosincrasias que se mantienen nos permiten reconocer que a pesar de mirar y sufrir los mismos mensajes, nuestras sociedades siguen estando definidas por sus peculiaridades nacionales y culturales. </p>
<p>La televisión se ha mundializado pero no por ello tenemos aldea global. Para el sociólogo chileno José Joaquín Brunner: "Puede decirse que la globalización está transformando contínuamente las relaciones entre el centro y la periferia, así como las propias percepciones de sí mismo y los otros dentro de ambos mundos. En eso consiste, justamente, la posmodernidad; en una cultura no canónica, hecha de combinaciones inverosímiles" (Brunner, 1999: 161). No discutimos aquí la idea de posmodernidad que algunos, a diferencia de Brunner, pretenden establecer como un nuevo paradigma de desparpajo individual y de opiniones transideológicas, pero sí queremos insistir en el carácter abierto a numerosas combinaciones, interpretaciones y apropiaciones que alcanza la cultura contemporánea -seguramente la zona de fronteras más movedizas y de retroalimentaciones más abundantes entre los centros y las periferias-. </p>
<p>Los jóvenes de Singapur, Bilbao, San Salvador o Los Ángeles, compartirán comportamientos parecidos al mirar un mismo video en MTV pero la manera de apreciarlo e interiorizarse en él estará condicionada por su entorno cultural, social y nacional. Y también es desigual la oportunidad para más allá de la contemplación, ser ellos mismos actores de los medios. La posibilidad de un grupo musical integrado por jóvenes de Los Ángeles para aparecer en esa televisora es mucho mayor que la de un grupo de muchachos de Vietnam. Pero tecnologías como el video y ahora desde luego la Internet ofrecen la posibilidad de propagar globalmente expresiones y enfoques que antaño jamás iban más allá del ámbito local.</p>
<p>La mundialización mediática modifica las maneras de percibir la dimensión local y regional, de la misma forma que altera los alcances tradicionales de la dimensión nacional y la dimensión mundial. Los asuntos y acontecimientos en cada uno de esos planos no necesariamente se modifican por el hecho de ser conocidos en sitios en donde antes no se hablaba de ellos. Pero la percepción de esos y el resto de los asuntos y acontecimientos sí tiende a ser distinta. </p>
<p>La globalización, que en buena medida es un proceso mediático, nos permite reconocer semejanzas pero no por ello quedan abolidas las peculiaridades y diferencias que distinguen a nuestras sociedades. Tampoco se cierran las brechas entre los países. La velocidad e incluso la inmediatez de las comunicaciones junto con la creciente intensidad de los flujos migratorios están contribuyendo a disolver las fronteras nacionales, al menos con los rasgos que hasta ahora se les han conocido. Pero paradójicamente las fronteras creadas por la disparidad económica, lejos de suavizarse, en ocasiones se vuelven más ásperas debido al desigual acceso a los recursos mediáticos y tecnológicos.</p>
<p>La relación hasta ahora conocida entre "centro" y "periferia" se trastorna radicalmente entre quienes en sitios distintos comparten el uso e incluso el consumo de modernos recursos mediáticos. Es difícil hablar de periferia y centro para referirse a países, o a regiones, en donde se miran los mismos videos y se "bajan" los mismos programas informáticos de la Internet. Pero en cada uno de esos sitios hay algunos pocos ciudadanos con posibilidades de acceso a esos bienes culturales y muchos más que no tienen y quizá jamás tendrán oportunidades semejantes.</p>
<p>Globalización que presiona hacia arriba y hacia abajo. La Internet.<br />
El promedio de llamadas telefónicas internacionales es de 247 minutos al año, por persona, en Suiza, de 100 en Canadá y de 60 en los Estados Unidos, pero de apenas tres minutos en Colombia, 2 en Rusia y uno en Ghana y Pakistán. En Mónaco hay 99 teléfonos por cada 100 personas, en Estados Unidos 70, en Argentina y Costa Rica 18 pero en Uganda 0.2 y en Afganistán 0.1 teléfonos por cada 100 habitantes (United Nations, 1999).</p>
<p>Las comparaciones siempre son incómodas, pero en estos casos resultan útiles. En Nueva York hay más líneas telefónicas que en todas las zonas rurales de Asia. En Londres existen más cuentas de Internet que en toda África. Se estima que casi el 80% de la población de todo el mundo jamás ha hecho una llamada telefónica (World Resources Institute, 2000).</p>
<p>Sin embargo la desigualdad en el acceso a los recursos comunicacionales no necesariamente se impone a las capacidades de los países menos desarrollados para aprovechar esa tecnología. Actualmente la globalización ha intensificado el intercambio desigual de flujos comunicacionales pero, de manera simultánea, ha abierto nuevas opciones para superar la casi proverbial pasividad que ha definido a los llamados países periféricos en materia de mensajes culturales. Los públicos de las industrias culturales más poderosas se han extendido o, dicho de otra manera, la habilidad y capacidad propagadoras de los consorcios mediáticos se han multiplicado gracias a las nuevas tecnologías de la información. </p>
<p>Hoy es posible entender a la globalización como una serie de procesos multidireccionales y no simplemente como la internacionalización de culturas y mensajes que solían estar apartados unos respecto de otros. El ya citado Giddens recuerda cómo "la globalización presiona no sólo hacia arriba, sino también hacia abajo, creando nuevas presiones para la autonomía local". En Internet entre otras formas de intercambio surgen nuevos modos de solidaridad, desde las cadenas de mensajes hasta la coordinación de protestas o adhesiones respecto de las más diversas causas. Y también aparecen nuevas formas de aislamiento, tanto entre las personas como entre las naciones. </p>
<p>La gran mayoría de quienes usamos computadora (u ordenador) empleamos el sistema operativo Windows, en cualquiera de sus versiones. Habrá quien vea en la propagación de ese software una demostración de la alienación generalizada respecto de los productos de una misma y poderosa trasnacional. Pero también es posible identificar una apropiación creciente, pero limitada, de una tecnología útil que puede servir para los más variados fines. </p>
<p>En el mundo digital (que no es un universo en sí mismo como a veces sugieren las interpretaciones futuristas sino una colección de espejos de la realidad) se difuminan las fronteras convencionales. En la Internet no hay un centro y por lo tanto, tampoco una periferia. Todos podemos ser el centro, aunque jamás sepamos qué tan lejos están los alrededores. Las fronteras se encuentran no en el mundo virtual sino en el mundo real. La más importante es la ya señalada desigualdad en el acceso a los recursos informáticos, que no es sino expresión de las dificultades para extender la cultura y los medios para aprehenderla entre las grandes mayorías en los países de menor desarrollo.</p>
<p>Los nuevos recursos informáticos constituyen una oportunidad enorme para afianzar la presencia global de nuestros países al mismo tiempo que para enriquecernos con la cultura y la creación universales. Pero eso no ocurrirá sin políticas intencionales y de largo alcance para no sólo estar conectados a las redes informáticas, sino para junto con ello saber transitar por sus concurridas arterias. </p>
<p>Mientras tanto, supeditadas a flujos de información en cuyas agendas participan poco o nada, nuestras sociedades asisten atónitas a esa abundancia de bienes informáticos auténtica o parcialmente enriquecedores. No tenemos aldea global pero sí estamos creando una polifacética, contradictoria y en ocasiones rústica aldea virtual.</p>
<p>Estado de la red de redes al comenzar el siglo 21<br />
El 6% de los habitantes de Brasil con acceso regular a la Internet, el 3% que se encuentra en esa condición en Argentina y México o el 2% de internautas en Perú pueden jactarse de haber roto barreras geográficas, culturales y geopolíticas ya que cuentan -o al menos hipotéticamente pueden contar- con acceso a la misma información que los canadienses, británicos y japoneses conectados a la red. Pero esos internautas, más allá de su específica condición económica y social, están constituyendo una nueva élite -un nuevo y también distante "centro"- respecto de la nutrida y desatendida periferia de ciudadanos formales sin ciudadanía cultural que no tienen acceso a esos y otros recursos culturales y en materia de información. El uso de la Internet se ha extendido con gran rapidez -América Latina es la zona de mayor crecimiento en ese renglón- pero está a punto de llegar a límites creados por la desigualdad económica que serán muy difíciles de superar porque el desarrollo de ese recurso, ha quedado fundamentalmente supeditado a los ritmos y pautas impuestos por el interés mercantil de las empresas interesadas en hacer negocio en y con la red de redes. </p>
<p>El cuadro adjunto muestra una de las estimaciones más serias (hay muchas, la mayor parte de ellas exageradas o no actualizadas) sobre la cantidad de personas con acceso a la Internet al terminar el siglo 20.</p>
<p>Usuarios de la Internet en el mundo estimación a noviembre de 2000<br />
Total mundial 407.1 millones<br />
África 3.11 millones<br />
Asia/Pacífico 104.88 millones<br />
Europa 113.14 millones<br />
Medio Oriente 2.40 millones<br />
Canadá y Estados Unidos 167.12 millones<br />
América Latina 16.45 millones<br />
Fuente: NUA, 2000.</p>
<p>En el 2000 Estados Unidos, que ha sido la nación más conectada a la Internet, llegó a tener algo más de 137 millones de usuarios de la red de redes, que significaron alrededor del 50% de su población. Los japoneses, que son el segundo país con más internautas, tenían conectada, con 27 millones de personas en esa fecha, al 21% de su población. Alemania y el Reino Unido, con cerca de 19 millones de internautas cada uno, alcanzaban el 21% y el 29% de sus habitantes con acceso a la Internet. La estimación para España al terminar el 2000 era de aproximadamente 5.5 millones de usuarios de la Internet, que constituirían el 14% de su población.</p>
<p>Cada vez hay más gente conectada a la red de redes. Pero incluso en casi todos los países de mayor desarrollo informático, los ciudadanos que no tienen acceso a ese servicio siguen siendo mayoría. La globalización, que antes que intercambio de mercancías es flujos de información, es profundamente desigual. Reconocer esa desigualdad no es novedoso, ni basta con ello. </p>
<p>Claro que por algo se empieza. A la desigualdad en el acceso a la Sociedad de Información y específicamente a la Internet, ahora se le denomina la brecha digital, the digital divide. El World Resources Institute, apoyado por varias de las más importantes empresas internacionales de computación explica así esa hendedura que lejos de atenuar, está profundizando las desigualdades en el planeta: </p>
<p>"Prácticamente en cada país, un porcentaje de personas tiene la mejor información tecnológica que la sociedad puede ofrecer. Esa gente tiene las más poderosas computadoras, el mejor servicio telefónico y el más veloz servicio de Internet, de la misma manera que cuentan con riqueza de contenidos y capacitación aventajada en sus vidas.</p>
<p>"Hay otro grupo de personas. Son las personas que por una u otra razón no tienen acceso a las más nuevas o mejores computadoras, el más confiable servicio telefónico el más veloz o el más conveniente de los servicios de Internet. La diferencia entre esos dos grupos de gente es lo que denominamos La Brecha Digital.</p>
<p>"Estar en el lado menos afortunado de la brecha significa que hay menos oportunidades para tomar parte en nuestra nueva economía sustentada en la información, en la cual muchos más empleos estarán relacionados con las computadoras. También significa que hay menos oportunidades para participar de la educación, la capacitación, las compras, el entretenimiento y las oportunidades de comunicación que están disponibles en línea. En general, aquellos que son pobres y viven en áreas rurales están cerca de 20 veces más en riesgo de quedar rezagados que los más prósperos residentes de las áreas urbanas (World Resources Institute, 2000).</p>
<p>Esa apreciación, pertinente y hasta autocrítica viniendo de una institución patrocinada por algunas de las empresas más prósperas de la economía de mercado (Compaq, Ericsson, Hewlett-Packard, Intel, Motorola, Nokia y Microsoft entre otras) se queda corta. Aún en las grandes ciudades e incluso en los países más industrializados existen zonas de las sociedades marginadas del acceso a las nuevas ofertas de información. </p>
<p>Políticas publicas para que la tecnología conduzca al progreso<br />
La Sociedad de la Información es una de las expresiones, acaso la más promisoria junto con todas sus contradicciones, de la globalización contemporánea. En otro sitio hemos anotado que el término Sociedad de la Información ha ganado presencia en Europa, en donde ha sido muy empleado como parte de la construcción del contexto para la Unión Europea (Trejo Delarbre, 1996). Un estudio elaborado con el propósito de documentar los avances europeos al respecto señalaba, con cierto optimismo, que:</p>
<p>"Las sociedades de la información se caracterizan por basarse en el conocimiento y en los esfuerzos por convertir la información en conocimiento. Cuanto mayor es la cantidad de información generada por una sociedad, mayor es la necesidad de convertirla en conocimiento. Otra dimensión de tales sociedades es la velocidad con que tal información se genera, transmite y procesa. En la actualidad, la información puede obtenerse de manera prácticamente instantánea y, muchas veces, a partir de la misma fuente que la produce, sin distinción de lugar. Finalmente, las actividades ligadas a la información no son tan dependientes del transporte y de la existencia de concentraciones humanas como las actividades industriales. Esto permite un reacondicionamiento espacial caracterizado por la descentralización y la dispersión de las poblaciones y servicios" (Ortiz Chaparro, 1995: 114).</p>
<p>La Sociedad de la Información es, por lo tanto, realidad y posibilidad. Habría que concebirla como un proceso en el que nos encontramos ya pero cuyo punto de llegada y consolidación parece aún distante. Existiendo los cimientos para que la sociedad contemporánea despliegue sus mejores potencialidades gracias al intercambio de información –y para que la información llegue a derivar en conocimiento– no es poco lo que falta por hacer en busca de esa meta. Resulta preciso desplegar ambiciosas tareas no sólo en la cobertura de las redes informáticas (ello incluye la disponibilidad de equipos de cómputo y de las conexiones necesarias para mantenerlos ligados a la Internet) sino, junto con ello, en la capacitación de los ciudadanos para saber aprovecharlas creativamente. Cambio tecnológico, propagación de información ligada -al menos ese es el propósito- con el desarrollo del conocimiento y también con las facilidades para desempeñar diversas tareas profesionales de manera más flexible, son la faceta virtuosa de este nuevo contexto. En el anverso, se encuentran las dificultades para que esos mecanismos de información sean compartidos por la mayoría de las personas.</p>
<p>La necesidad de ambiciosas políticas desplegadas por el Estado para extender los beneficios de la Sociedad de la Información fue reconocida al menos ya durante todo el último del siglo XX. El Libro Verde de la Unión Europea sobre Sociedad de la Información apuntaba en 1996 lineamientos de políticas que han seguido teniendo plena vigencia: </p>
<p>"1. Estamos viviendo un período histórico de cambio tecnológico, consecuencia del desarrollo y de la aplicación creciente de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). Este proceso es diferente y más rápido que cualquiera que hayamos presenciado hasta ahora. Alberga un inmenso potencial para la creación de riqueza, elevar el nivel de vida y mejorar los servicios.</p>
<p>"2. Las TIC ya forman parte integrante de nuestra vida cotidiana, nos proporcionan instrumentos y servicios útiles en nuestro hogar, en nuestro lugar de trabajo, por todas partes. La sociedad de la información no es la sociedad de un futuro lejano, sino una realidad de la vida diaria. Añade una nueva dimensión a la sociedad tal como la conocemos ahora, una dimensión de importancia creciente. La producción de bienes y servicios se basa cada vez más en el conocimiento.</p>
<p>"3. No obstante, la rapidez con que se introducen las TIC varía mucho entre países, regiones, sectores, industrias y empresas. Los beneficios, en forma de prosperidad, y los costes, en forma de precio del cambio, tienen una distribución desigual entre diferentes países de la Unión y entre ciudadanos. Es comprensible que el ciudadano se sienta inquieto y exija respuestas a sus preguntas sobre las repercusiones de las TIC. Sus preocupaciones pueden resumirse en dos preguntas fundamentales: </p>
<p> La primera de ellas se refiere al empleo: ¿no destruirán estas tecnologías más empleos de los que crean? ¿Seré capaz de adaptarme a los nuevos modos de trabajar?<br />
La segunda pregunta se refiere a la democracia y a la igualdad: la complejidad y el coste de las nuevas tecnologías, ¿no harán aumentar los desequilibrios entre las zonas industrializadas y las menos desarrolladas, entre los jóvenes y los viejos, entre los que están enterados y aquellos que no lo están?<br />
"4. Para dar respuesta a estas preocupaciones necesitamos unas políticas públicas capaces de ayudarnos a sacar fruto del progreso tecnológico y de asegurar el acceso equitativo a la sociedad de la información y la distribución justa del potencial de prosperidad" (Comisión Europea, 1996). </p>
<p>Aunque existen diversas acepciones y enfoques todos entendemos qué se quiere decir cuando hablamos de sociedad de la información. Para el investigador Manuel Castells, simplemente, "el término sociedad de la información destaca el papel de esta última en la sociedad". Sin embargo Castells, autor de uno de los textos más sólidos y célebres sobre la nueva era a la que hemos accedido gracias al intercambio mundial de datos, prefiere referirse a la sociedad informacional. Explica: </p>
<p>"La información, en su sentido más amplio, es decir, como comunicación del conocimiento, ha sido fundamental en todas las sociedades, incluida la Europa medieval, que estaba culturalmente estructurada y en cierta medida unificada en torno al escolasticismo, esto es, en conjunto, un marco intelectual... En contraste, el término informacional indica el atributo de una forma específica de organización social en la que la generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierten en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder, debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en este periodo histórico" (Castells, 1997: 47).</p>
<p>Castells, no obstante, denominó a su libro La era de la información. ¿Por qué ese título y no "La era informacional"? Porque después de todo, el conjunto de procesos, interrelaciones, proyectos y búsquedas que se han articulado en los años recientes alrededor de la propagación, acumulación y la identificación de datos que son posibles gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y muy especialmente gracias a la Internet, es conocida como La Sociedad de la Información. "Los títulos –dice ese sociólogo catalán– son mecanismos de comunicación".</p>
<p>***</p>
<p>La brecha digital no desaparecerá de inmediato. Al contrario, es altamente posible que se traduzca en diferencias dramáticas en los siguientes años: una parte de la humanidad, afortunada y conectada, dispondrá de más información de la que nunca tuvo generación alguna. Al mismo tiempo las grandes mayorías padecerán una nueva marginación, la marginación informática.</p>
<p>Reconocer esas desigualdades constituye el primer paso para comenzar a superarlas. Las empresas y los ciudadanos pueden hacer mucho en el abatimiento de los desniveles informáticos pero esa tarea corresponde, junto con ellos, a los Estados. Sólo con políticas estatales (y regionales incluso, amalgamando los recursos de varios países) la información será un bien de la sociedad y no simplemente la nueva riqueza para quienes ya son privilegiados en otros ámbitos. En la construcción de esas políticas públicas es pertinente advertir qué es y qué puede ser, con todas sus ventajas y limitaciones, la Sociedad de la Información.</p>
<p>Gabriela Medina</p>
Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/25/diez-rasgos-la-sociedad-la-informacionDiez rasgos de la Sociedad de la Información2006-11-25T04:47:30+00:002007-11-06T07:25:27+00:00
<p>La Sociedad de la Información es expresión de las realidades y capacidades de los medios de comunicación más nuevos, o renovados merced a los desarrollos tecnológicos que se consolidaron en la última década del siglo: la televisión, el almacenamiento de información, la propagación de video, sonido y textos, han podido comprimirse en soportes de almacenamiento como los discos compactos o a través de señales que no podrían conducir todos esos datos si no hubieran sido traducidos a formatos digitales. La digitalización de la información es el sustento de la nueva revolución informática. Su expresión hasta ahora más compleja, aunque sin duda seguirá desarrollándose para quizá asumir nuevos formatos en el mediano plazo, es la Internet. </p>
<p>A ese nuevo contexto lo definen características como las siguientes. </p>
<p>1. Exuberancia.. Disponemos de una apabullante y diversa cantidad de datos. Se trata de un volumen de información tan profuso que es por sí mismo parte del escenario en donde nos desenvolvemos todos los días.<br />
2. Omnipresencia. Los nuevos instrumentos de información, o al menos sus contenidos, los encontramos por doquier, forman parte del escenario público contemporáneo (son en buena medida dicho escenario) y también de nuestra vida privada. Nuestros abuelos (o bisabuelos, según el rango generacional en el que estemos ubicados) fueron contemporáneos del surgimiento de la radio, se asombraron con las primeras transmisiones de acontecimientos internacionales y tenían que esperar varios meses a que les llegara una carta del extranjero; para viajar de Barcelona a Nueva York lo más apropiado era tomar un buque en una travesía de varias semanas. La generación siguiente creció y conformó su imaginario cultural al lado de la televisión, que durante sus primeras décadas era sólo en blanco y negro, se enteró con pasmo y gusto de los primeros viajes espaciales, conformó sus preferencias cinematográficas en la asistencia a la sala de cine delante de una pantalla que reflejaba la proyección de 35mm y ha transitado no sin asombro de la telefonía alámbrica y convencional a la de carácter celular o móvil. Los jóvenes de hoy nacieron cuando la difusión de señales televisivas por satélite ya era una realidad, saben que se puede cruzar el Atlántico en un vuelo de unas cuantas horas, han visto más cine en televisión y en video que en las salas tradicionales y no se asombran con la Internet porque han crecido junto a ella durante la última década: frecuentan espacios de chat, emplean el correo electrónico y manejan programas de navegación en la red de redes con una habilidad literalmente innata. Esa es la Sociedad de la Información. Los medios de comunicación se han convertido en el espacio de interacción social por excelencia, lo cual implica mayores facilidades para el intercambio de preocupaciones e ideas pero, también, una riesgosa supeditación a los consorcios que tienen mayor influencia, particularmente en los medios de difusión abierta (o generalista, como les llaman en algunos sitios).<br />
3. Irradiación. La Sociedad de la Información también se distingue por la distancia hoy prácticamente ilimitada que alcanza el intercambio de mensajes. Las barreras geográficas se difuminan; las distancias físicas se vuelven relativas al menos en comparación con el pasado reciente. Ya no tenemos que esperar varios meses para que una carta nuestra llegue de un país a otro. Ni siquiera debemos padecer las interrupciones de la telefonía convencional. Hoy en día basta con enviar un correo electrónico, o e-mail, para ponernos en contacto con alguien a quien incluso posiblemente no conocemos y en un país cuyas coordenadas tal vez tampoco identificamos del todo.<br />
4. Velocidad. La comunicación, salvo fallas técnicas, se ha vuelto instantánea. Ya no es preciso aguardar varios días, o aún más, para recibir la respuesta del destinatario de un mensaje nuestro e incluso existen mecanismos para entablar comunicación simultánea a precios mucho más bajos que los de la telefonía tradicional.<br />
5. Multilateralidad / Centralidad. Las capacidades técnicas de la comunicación contemporánea permiten que recibamos información de todas partes, aunque lo más frecuente es que la mayor parte de la información que circula por el mundo surja de unos cuantos sitios. En todos los países hay estaciones de televisión y radio y en muchos de ellos, producción cinematográfica.. Sin embargo el contenido de las series y los filmes más conocidos en todo el mundo suele ser elaborado en las metrópolis culturales. Esa tendencia se mantiene en la Internet, en donde las páginas más visitadas son de origen estadounidense y, todavía, el país con más usuarios de la red de redes sigue siendo Estados Unidos.<br />
6. Interactividad / Unilateralidad. A diferencia de la comunicación convencional (como la que ofrecen la televisión y la radio tradicionales) los nuevos instrumentos para propagar información permiten que sus usuarios sean no sólo consumidores, sino además productores de sus propios mensajes. En la Internet podemos conocer contenidos de toda índole y, junto con ello, contribuir nosotros mismos a incrementar el caudal de datos disponible en la red de redes. Sin embargo esa capacidad de la Internet sigue siendo poco utilizada. La gran mayoría de sus usuarios son consumidores pasivos de los contenidos que ya existen en la Internet.<br />
7. Desigualdad. La Sociedad de la Información ofrece tal abundancia de contenidos y tantas posibilidades para la educación y el intercambio entre la gente de todo el mundo, que casi siempre es vista como remedio a las muchas carencias que padece la humanidad. Numerosos autores, especialmente los más conocidos promotores de la Internet, suelen tener visiones fundamentalmente optimistas acerca de las capacidades igualitarias y liberadoras de la red de redes (por ejemplo Gates: 1995 y 1999 y Negroponte, 1995). Sin embargo la Internet, igual que cualquier otro instrumento para la propagación y el intercambio de información, no resuelve por sí sola los problemas del mundo. De hecho, ha sido casi inevitable que reproduzca algunas de las desigualdades más notables que hay en nuestros países. Mientras las naciones más industrializadas extienden el acceso a la red de redes entre porcentajes cada vez más altos de sus ciudadanos, la Internet sigue siendo ajena a casi la totalidad de la gente en los países más pobres o incluso en zonas o entre segmentos de la población marginados aún en los países más desarrollados.<br />
8. Heterogeneidad. En los medios contemporáneos y particularmente en la Internet se duplican –y multiplican– actitudes, opiniones, pensamientos y circunstancias que están presentes en nuestras sociedades. Si en estas sociedades hay creatividad, inteligencia y arte, sin duda algo de eso se reflejará en los nuevos espacios de la Sociedad de la Información. Pero de la misma manera, puesto que en nuestras sociedades también tenemos prejuicios, abusos, insolencias y crímenes, también esas actitudes y posiciones estarán expresadas en estos medios. Particularmente, la Internet se ha convertido en foro para manifestaciones de toda índole aunque con frecuencia otros medios exageran la existencia de contenidos de carácter agresivo o incómodo, según el punto de vista de quien los aprecie.<br />
9. Desorientación. La enorme y creciente cantidad de información a la que podemos tener acceso no sólo es oportunidad de desarrollo social y personal. También y antes que nada, se ha convertido en desafío cotidiano y en motivo de agobio para quienes recibimos o podemos encontrar millares de noticias, símbolos, declaraciones, imágenes e incitaciones de casi cualquier índole a través de los medios y especialmente en la red de redes. Esa plétora de datos no es necesariamente fuente de enriquecimiento cultural, sino a veces de aturdimiento personal y colectivo. El empleo de los nuevos medios requiere destrezas que van más allá de la habilidad para abrir un programa o poner en marcha un equipo de cómputo. Se necesitan aprendizajes específicos para elegir entre aquello que nos resulta útil, y lo mucho de lo que podemos prescindir.<br />
10. Ciudadanía pasiva. La dispersión y abundancia de mensajes, la preponderancia de los contenidos de carácter comercial y particularmente propagados por grandes consorcios mediáticos y la ausencia de capacitación y reflexión suficientes sobre estos temas, suelen aunarse para que en la Sociedad de la Información el consumo prevalezca sobre la creatividad y el intercambio mercantil sea más frecuente que el intercambio de conocimientos. No pretendemos que no haya intereses comerciales en los nuevos medios –al contrario, ellos suelen ser el motor principal para la expansión de la tecnología y de los contenidos–. Pero sí es pertinente señalar esa tendencia, que se ha sobrepuesto a los proyectos más altruistas que han pretendido que la Sociedad de la Información sea un nuevo estadio en el desarrollo cultural y en la humanización misma de nuestras sociedades.<br />
Gabriela Medina
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Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/25/sociedad-la-informacion-2Sociedad de la Información2006-11-25T04:45:33+00:002007-11-06T07:25:27+00:00
<p>Vivimos en un mundo pletórico de datos, frases e íconos. La percepción que los seres humanos tenemos de nosotros mismos ha cambiado, en vista de que se ha modificado la apreciación que tenemos de nuestro entorno. Nuestra circunstancia no es más la del barrio o la ciudad en donde vivimos, ni siquiera la del país en donde radicamos. Nuestros horizontes son, al menos en apariencia, de carácter planetario.</p>
<p>Eso no significa que estemos al tanto de todo lo que sucede en todo el mundo. Lo que ocurre es que entre los numerosos mensajes que recibimos todos los días, se encuentran muchos que provienen de latitudes tan diversas y tan lejanas que, a menudo, ni siquiera acertamos a identificar con claridad en dónde se encuentran los sitios de donde provienen tales informaciones. </p>
<p>Se habla mucho de la Sociedad de la Información. ¿Qué rasgos la definen? ¿En qué aspectos resulta novedosa? ¿En qué medida puede cambiar la vida de nuestros países? ¿Qué limitaciones tiene ese nuevo contexto? En estas páginas queremos dar respuestas iniciales a esas interrogantes.<br />
Gabriela Medina
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Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/25/sociedad-la-informacionSociedad del Conocimiento2006-11-25T04:26:31+00:002007-11-06T07:25:27+00:00
<p>La noción de sociedad del Conocimiento fue utilizada por primera vez en 1969 por Peter Drucker, y en el decenio de 1990 fue profundizada en una serie de estudios detallados publicados por investigadores como Robin Mansel o Nico Stehr.<br />
Las sociedades de la información surgen con el uso e innovaciones intensivas de las tecnologías de la información y las comunicaciones, donde el incremento en la transferencia de información, modificó en muchos sentidos la forma en que se desarrollan muchas actividades en la sociedad moderna. Sin embargo, la información no es lo mismo que el conocimiento, ya que la información es efectivamente un instrumento del conocimiento, pero no es el conocimiento en sí, el conocimiento obedece a aquellos elementos que pueden ser comprendidos por cualquier mente humana razonable, mientras que la información son aquellos elementos que a la fecha obedecen principalmente a intereses comerciales, retrasando lo que para muchos en un futuro será la sociedad del conocimiento.<br />
Cabe destacar que la sociedad del conocimiento no es algo que exista actualmente, es más bien un ideal o una etapa evolutiva hacia la que se dirige la humanidad, una etapa posterior a la actual era de la información, y hacia la que se llegará por medio de las oportunidades que representan los medios y la humanización de las sociedades actuales, mientras la información sólo siga siendo una masa de datos indiferenciados (hasta que todos los habitantes del mundo no gocen de una igualdad de oportunidades en el ámbito de la educación para tratar la información disponible con discernimiento y espíritu crítico, analizarla, seleccionar sus distintos elementos e incorporar los que estimen más interesantes a una base de conocimientos), entonces seguiremos estando en una sociedad de la información, y no habremos evolucionado hacia lo que serán las sociedades del conocimiento.<br />
Gabriela Medina
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Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/21/apor-estudiar-musica-¿Por qué estudiar la música?2006-11-21T21:26:26+00:002007-11-06T07:24:53+00:00
<p>¿Por qué estudiar la música?<br />
Reflexiones de una antropóloga desde el campo*<br />
A menudo se ha considerado la música como algo fuera del campo de la antropología dominante: bien porque su tratamiento se haya dejado a especialistas de otras disciplinas como la musicología, el folklore o la historia social; bien porque haya sido vista como un asunto altamente especializado, más que como parte de la antropología en general o como una parte esencial de la etnografía de conjunto de una cultura o comunidad particulares. El presente artículo cuestiona este errado punto de vista, por motivos tanto teóricos como empíricos. Lejos de resultar marginal a la antropología y a la sociedad, el estudio de la música remite a ramas de la antropología bien establecidas , así como a otras actualmente en desarrollo, y conduce a plantear algunas cuestiones fundamentales sobre la naturaleza de la humanidad. </p>
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<p>Estamos rodeados de música y, tanto si personalmente la valoramos como si no, juega un cierto papel en nuestras vidas. En la medida en que forma plenamente parte del mundo social, los antropólogos habrían de querer dar cuenta de ella. Al mismo tiempo, muchos estudios sobre música parten ya de otros variados puntos de vista –la musicología, la teoría musical clásica, la historia social, la crítica musical, el folklore, la educación, la psicología, por mencionar sólo algunos. Entre todas estas perspectivas, ¿qué podría ofrecer la del antropólogo? En realidad, ¿por qué tendría la antropología que ocuparse en absoluto de la música –de un tema considerado normalmente demasiado especializado y, al mismo tiempo, demasiado marginal o fuera de época para constituir una preocupación central de nuestra disciplina?</p>
<p>Estas son las preguntas a las que me hube de enfrentar cuando, como antropóloga, empecé a estudiar la música de forma directa por primera vez. En este artículo pretendo hacer una reflexión retrospectiva sobre mi propia investigación, como una manera repasar brevemente algunos de los desafíos que la música plantea a un antropólogo en el campo, algunas perspectivas que encuentro útiles y, finalmente, las razones por las que encontré tal estudio no sólo valioso en sí mismo (al menos en mi caso), sino además central con respecto a algunas preocupaciones antropológicas fundamentales.</p>
<p>El caso principal que me servirá de ilustración es mi propia investigación sobre la práctica musical en una pequeña ciudad inglesa, desarrollado a comienzos de los años ochenta. Mas empezaré retrocediendo en el tiempo hasta mi primer trabajo de campo; un periodo durante el cual, ciertamente, jamás pensé en mí misma como estudiosa de la música. Según creo, mi experiencia y reacciones de aquel entonces todavía pueden servir de espejo a muchos investigadores de hoy.</p>
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<p>¿Puede estudiar la musica un antropologo en el contexto de campo tradicional?<br />
A comienzos de los años sesenta, durante todo el tiempo que viví en una aldea Limba, en lo alto de una colina de un área remota de Sierra Leona, en Africa Occidental, oía el eco constante de los toques de tambor resonando por entre las cabañas, las selvas y los valles. También me encontré con el baile, el canto y el toque de tambor como elementos recurrentes de la vida cotidiana, en las granjas así como en la aldea. De vez en cuando me veía sobrepasada por el multiforme complejo de artes –sobre todo, el canto y los instrumentos musicales– utilizadas en los llamativos rituales que se ejecutaban de forma pública y visible como parte de los ciclos del poblado y del ciclo vital de sus habitantes.</p>
<p>La música era, pues, una dimensión inevitable de mi experiencia de campo. Empero, como muchos antropólogos en el contexto tradicional de trabajo de campo, la dejé a un lado casi conscientemente. Consideraba que era demasiado «difícil» hacer un análisis adecuado de ella. Este es, aún hoy, un enfoque común (y comprensible) entre quienes hacen trabajo de campo. Aún cuando la misión antropológica a menudo sea presentada como «holista» –en el sentido ideal de incluir alguna descripción de cada aspecto de la sociedad en estudio y de contemplar cada elemento en su contexto más amplio– la música todavía es considerada como algo marginal en relación con las instituciones centrales de la sociedad: aquéllas en las cuales supuestamente el antropólogo debería concentrarse. Así –se asume– puede dejarse fuera del análisis sin grave pérdida.</p>
<p>En el caso de los Limba la música resultaba demasiado prominente para no verla. Pero yo sentía la carencia de una formación musicológica formal; pensaba que, de todos modos, tenía mucho quehacer, y que me sería de más provecho concentrarme en otros aspectos de la cultura a mi cargo –en otras palabras: llevar a cabo cierta etnografía básica y mi propio estudio especializado sobre la narrativa y la literatura oral Limba. Eso fue lo que hice (ver Finnegan, 1967). La verdad es que, pese a mi particular interés en las artes verbales, hasta evité entrar excesivamente a analizar textos de canciones (en otras palabras, la poesía Limba), basándome en el argumento (no carente de razón) de que los propios Limba consideran el lenguaje de las canciones difícil y oscuro excepto para unos pocos iniciados con larga experiencia. Dado que mi periodo de trabajo de campo era limitado, juzgué que no alcanzaría a dominar su lenguaje con la profundidad requerida para un análisis competente. El cómo acceder al «significado» de un arte performativo como la música era ya algo que me dejaba totalmente perdida. Y no había forma de que pudiera siquiera pensar en esbozar otras tareas, como analizar los complejos ritmos de percusiones entrelazadas, los movimientos del baile (parte integral de la ejecución musical), la melodía o la armonía. O de que hiciera grabaciones aceptables de los instrumentos y el canto con la clase de grabadora a pilas que la mayor parte de los trabajadores de campo podíamos permitirnos por aquél entonces. Mucho menos el proporcionar transcripciones musicales de dichas grabaciones.</p>
<p>En cierto sentido, estaba en lo correcto al no intentarlo. Fuera como fuere en los años sesenta, hoy día los estudios amateur o especulativos –ya se trate de formas artísticas, de la política o del lenguaje– no se consideran dignos de un profesional del trabajo de campo. Actualmente somos conscientes de que la responsabilidad de los antropólogos consiste en formarse en sus materias específicas de estudio, y no en asumir que, en tanto que antropólogos, somos automáticamente omniscientes sobre cada esfera de los asuntos humanos.</p>
<p>Sin embargo, mis evasivas de entonces tenían además otras raíces, que quizá todavía comparten algunos antropólogos en Gran Bretaña y, más generalmente, en Europa (la antropología americana ha estado normalmente más abierta a los estudios sobre arte y música). Sencillamente, el expediente más fácil era ofrecer la excusa creíble (cuando no consciente) de que la música, después de todo, era una materia más bien especializada que podía ser dejada aparte al presentar mi descripción de conjunto de la cultura Limba. Esto significaba apoyarse en la asunción implícita –especialmente persuasiva durante aquellos funcionalistas años sesenta, pero aún vigente hoy día– de que una etnografía debía desde luego incluir asuntos tan «centrales» como parentesco, organización social, modo de subsistencia, división del trabajo, sistemas económicos y políticos, religión, características lingüísticas básicas, contexto histórico, y quizás cierta atención menor a las artes visuales y plásticas –pero aspectos «marginales» y «especializados» de la cultura tales como la ejecución musical o la literatura oral podían ser apartados como secundarios.</p>
<p>Yo me hallaba dispuesta a desafiar ese supuesto para el caso de la literatura oral, que contemplé jugando un papel de peso en la cultura Limba. Pero la música quedaba aún fuera de mi alcance. De todos modos, dada su prominencia dentro de la cultura Limba, no podía ignorar del todo la ejecución y experiencia musicales; la verdad es que, aunque afirme que no estudié la música como tal, de alguna manera sí lo hice. En mis observaciones de campo no podía dejar de recoger, día tras día, su papel en la sociabilidad de los Limba, su centralidad en el ritual, el apoyo que suponía a ciertas tareas cotidianas y su conexión con la división sexual del trabajo en la labor experta y reconocida de cantores, percusionistas y danzantes señalados. La música Limba estaba vinculada claramente con aspectos de la vida social familiar dentro del estudio antropológico más general. Aún más: a partir de la observación participante en sesiones de narración de historias y de mi análisis de lo que yo experimentaba en ellas y de las sesiones que grababa, fue creciendo mi consciencia de la contribución directa del canto al interior de las historias Limba, así como de la riqueza en rasgos acústicos que caracterizaba sus convenciones narrativas.</p>
<p>Lo más chocante de todo, uno de los descubrimientos que no pude evitar, era el elevado estatus de la música entre las acciones y artes de los Limba. Por decirlo con más precisión: se fue haciendo evidente que no sólo la ejecución musical cumplía, junto con la danza, una función indispensable en ciclos personales y públicos y en numerosas actividades sociales; sino también que, en la jerarquía Limba de las artes, el rango más elevado correspondía al baile y al toque de tambor junto con ciertos géneros del canto para danza. Tales géneros eran colocados por delante de la expresión verbal. Yo tenía que aceptar que el foco que había escogido (los relatos hablados) se encontraba por debajo en la escala de valoración Limba con respecto a, por ejemplo, la percusión. Esto constituía un desafío interesante a mi evaluación occidental, etnocéntrica, típica de un intelectual, la cual tendía a dar por supuesto que la literatura (es decir, las formulaciones basadas en la palabra) posee siempre un lugar de privilegio.</p>
<p>En lugar de extenderme en el ejemplo, querría enfatizar algunas lecciones generales que puedo extraer de él al reflexionar después de muchos años. Un punto importante es que, aunque un tipo de análisis de lo musical (el más formalmente musicológico) no me era accesible, ni resultaba en realidad especialmente relevante para mis intereses, otras aproximaciones ciertamente sí lo hubieran sido. Atender a las prácticas sociales de la vida cotidiana, a la división del trabajo, a la reputación de individuos considerados sobresalientes, al papel de la música en el ritual, a las evaluaciones locales: todas estas cuestiones descansan en las habilidades y aproximaciones antropológicas al uso, y todas ellas implican, inevitablemente, algún grado de atención a la música. Es más: haber tenido en cuenta la música hubiera servido para ligar el análisis con otras ramas bien asentadas de la antropología y/o con algunas que se han desarrollado más tarde –estoy pensando en ejemplos como la «orientación performativa» en antropología lingüística, los estudios sobre performance ritual, la antropología de la experiencia o la reciente escuela de «antropología de los sentidos» (que discutiré más adelante). Para varias de estas ramas de la antropología, el estudio de las actividades musicales, lejos de ser un objetivo periférico y especializado, resulta analíticamente central. Una vez nos desembarazamos de los supuestos sobre el estatus marginal o autónomo de la música, se hace evidente que algún estudio de las prácticas musicales locales y su organización no sólo se halla bastante más disponible para el trabajador de campo con una formación antropológica general de lo que suele pensarse, sino que, para algunas perspectivas antropológicas, es además obligatorio de cara a una comprensión cabal de la cultura.</p>
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<p>Interludio<br />
Estimulada por mis conclusiones sobre la naturaleza activa y multisensorial de la narración de historias entre los Limba, tras mi trabajo con esa cultura continué desarrollando mi interés, entre otras cosas, por la ejecución (performance) en un sentido amplio. Aunque la música no constituía aún el corazón de mi trabajo apenas podía ignorarla, dado que representaba, cuando menos, un elemento entre otros dentro de las performances en las que yo estaba interesada –en algunos casos, el elemento principal.</p>
<p>La experiencia de pasar tres años en Suva, la capital de las islas Fidji, en el Pacífico Sur, intensificó aún más mi conciencia de la música. Durante mi vida allí, al final de los años setenta, no pude dejar de notar la gran cantidad de música que se desplegaba. Una expresión tanto de arte como de identidad en las tres florecientes tradiciones principales de Fidji: la fuerte tradición local de la propia música fidjiana, basada en el concepto tradicional (pero aún vigente) del compositor inspirado y experto que se apoya en un duro trabajo de ensayos en grupo que perfeccionan y dan realidad a la creación del compositor; la música india, con su complejo background clásico y una diversidad de manifestaciones en la vida contemporánea de Suva, que iban desde grupos populares hasta clásicos; y la herencia musical europea, que se ha convertido en una parte sobresaliente de la vida fidjiana moderna a través del repertorio clásico y de la música de iglesia.</p>
<p>Algunos analistas consideraban que sólo la música dentro del estilo europeo clásico establecido merecía realmente la atención. Más frecuentemente, el punto de vista era el de que sólo la música tradicional de Fidji, arraigada como está en tradiciones culturales y rituales del Pacífico, debía estudiarse; y que la música europea e india, al ser «importada» o «foránea», sería de poca importancia. Estas últimas eran a menudo consideradas como las más «antinaturales», por el hecho de que a veces no toman la forma de actividades aldeanas o de ceremonias rituales, sino también de coros de iglesia o de grupos musicales ligados a categorías ocupacionales urbanas particulares –como los «bomberos» o los «cementeros», por ejemplo– o de bandas que tocan en night clubs. Pero en el breve estudio que emprendí de esos grupos (Finnegan, 1979/81), se evidenció que esas diferentes combinaciones representaban de hecho los intereses y actividades de una gran cantidad de gente activa –todos formaban parte por igual del panorama citadino contemporáneo que estudia el antropólogo urbano–, sin que ninguna de esas formas fuera de modo autoevidente más «real» que las otras. Es más: independientemente de cuál de esas tradiciones fuera seguida mayoritariamente, las actividades musicales de sus distintos exponentes se hallaban entrelazadas en un contexto más general de bienestar mutuo, un sentido de identidad y de valor, de control social y de integración de los individuos en un entorno urbano que para la mayoría de ellos era nuevo. También encontré un florecimiento de creatividad humana y de performances en lugares tal vez inesperados. Y tomé consciencia de la contribución que estos músicos a veces despreciados –y, en cualquier caso, ignorados– estaban haciendo al enriquecimiento no ya de sus propias vidas, sino también de la variopinta y cambiante cultura de Suva como un todo.</p>
<p>Volviendo sobre este estudio, me doy cuenta de que, además de reforzar mi conclusión anterior de que aspectos de la música pueden, después de todo, ser estudiados por un antropólogo, extraigo otras dos lecciones de mi experiencia de campo. Primero, era poco sabio partir de la asunción –como a menudo hacemos– de que sólo ciertos tipos de música merecen ser estudiados. En mi caso habría sido tentador volverse solamente hacia lo que podría ser definido (quizás equívocamente) como «lo tradicional», excluyendo lo que se ejecutaba en contextos más «urbanos» o «modernos». Pero la experiencia de campo me persuadió de que, una vez hubiera abierto los ojos a lo que realmente estaba ocurriendo, tal selección hubiera producido una impresión enteramente unidimensional. En segundo lugar, como yo estaba tratando con tres tradiciones diferentes, cada una de las cuales poseía también una gran diversidad interna, no podía dejar de reconocer el hecho de que la música puede ser producida y apreciada de muy distintas formas. Existían, por ejemplo, relaciones diferentes entre producción y ejecución, que variaban según la procedencia dominante fidjiana, india o europea, pero también, en cierto grado, de acuerdo con los distintos géneros al interior de cada una de esas tradiciones. De modo similar, se daban patrones diferentes de instrumentación, dinamicas grupales o uso de medios orales (por oposición a los escritos). No existía un único proceso correcto o «natural» de acción o producción musical, ni, ciertamente, un único patrón «tradicional». Esto amplió mis ideas sobre los alcances y variación de la expresión musical humana, animándome a desafiar los estereotipos dados por supuesto que yo misma había incorporado a través de mi formación sobre lo que es esencialmente la música y sobre cómo debe de manifestarse.</p>
<p>Por el final de los años setenta y comienzos de los ochenta, también descubrí que, aunque el trabajo de campo antropológico sobre música era escaso por comparación con el realizado en otros dominios de la antropología, no obstante existían algunos estudios verdaderamente señalados en los cuales inspirarme. Aquí hay que mencionar especialmente el trabajo de Becker –a menudo etiquetado como sociólogo, pero con un ojo verdaderamente antropológico–, Blacking, Feld, Merriam y Stone (algunos otros trabajos influyentes aún no habían aparecido). Así que, por aquél entonces, tanto mis experiencias de campo como mis lecturas me llevaban a sentirme más confiada sobre la capacidad del antropólogo para estudiar la música y sobre la importancia de hacerlo.</p>
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<p>¿Puede estudiarse la música en una moderna ciudad occidental?<br />
Mis trabajos anteriores estaban basados en los contextos de campo no occidentales de Africa del Oeste y las islas Fidji –contextos tradicionalmente incluidos en la esfera de operaciones del antropólogo. Ahora tenía ambición suficiente para tomar en consideración el estudio de la ciudad en que vivía, en Gran Bretaña. No obstante, para eso primero tenía que enfrentarme a unas cuantas cuestiones espinosas. ¿Puede un antropólogo llevar a cabo trabajo de campo sobre música en un moderno contexto urbano de Europa? Y si es así, ¿de qué manera?</p>
<p>Al comienzo el plan no parecía muy prometedor. Ciertamente, existían muchos estudios sobre música en contextos locales realizados por historiadores de la música –de los músicos locales, de los clubes musicales, o de culturas concertísticas de ciertas ciudades en el pasado. O, para culturas menos familiares, por etnomusicólogos especializados. Existían también estudios de las instituciones musicales nacionales, de músicos profesionales, de grupos con reputación nacional, de la organización de la «industria musical» y de las obras musicales clásicas, tomadas en sí mismas. Se encontraba también, en grandes cantidades, un lenguaje de subidos vuelos dedicado a analizar o alabar la música clásica y sus grandes exponentes, ya en el terreno de la interpretación, ya en el de la composición, junto con unos pocos estudios desde el punto de vista estrictamente opuesto, dedicados a deconstruir formas particulares en términos de clase, género o poder –especialmente en lo tocante a los medios de comunicación masiva. Otra aproximación consistía en una recogida un tanto romántica de música «folk» en contextos rurales, poniendo gran énfasis en la preservación de tradiciones supuestamente en peligro y de sus más ancianos portadores.</p>
<p>En contraste con tales aproximaciones, lo que a mí me interesaba era el aquí y el ahora. Y –quizás típico de un antropólogo– quería saber no tanto sobre las actividades y puntos de vista de los artistas y compositores profesionales aclamados nacionalmente, como de los músicos amateur ordinarios y de sus prácticas a un nivel local. De forma similar, y por encima de todo escepticismo postmoderno, a mí me continuaba impresionando la presencia viva de la antropología en la etnografía empírica. Esta última conlleva la obligación de estudiar con cierta profundidad las prácticas musicales vigentes en un momento dado, explorándolas en el contexto urbano local donde la riqueza de los datos aparece en toda su complejidad –más que dedicarse simplemente a especular sobre ellas de forma abstracta, tratar de darlas por explicadas a través de tentativas reduccionistas de generalización o recrearse facilonamente en plan postmoderno en las cuestiones personales que el trabajo de campo siempre suscita.</p>
<p>Tomando el toro por los cuernos, me decidí a llevar a cabo un estudio etnográfico de la música y las actividades musicales en mi propia ciudad de Milton Keynes, en Buckingamshire, al centro-sur de Inglaterra. Mi intención era la de aproximarme a ella como si de una cultura extraña se tratara, descubrir qué actividades musicales se daban y concentrarme principalmente en el polo amateur del continuo amateur/profesional.</p>
<p>Aunque en cierto sentido era éste un objetivo bastante simple, había también algunos desafíos. El método suscitaba problemas, dado que los modos «tradicionales» de observación participante adecuados para una comunidad de pequeña escala necesitan claramente ser ampliados y adaptados al contexto urbano. No es éste el lugar donde profundizar en estos problemas (el tema es considerado en el apéndice a Finnegan, 1989), excepto para remarcar que si bien estos métodos tradicionales realmente precisaban ser suplementados por otros (especialmente entrevistas y análisis de prensa), la observación cara a cara y la experiencia directa continuaron constituyendo el corazón del estudio.</p>
<p>Más determinante que esto eran ciertos paradigmas teóricos que no podían dejar de afectarme, tanto si coincidía con ellos como si no. Entre éstos estaba la asunción (extendida tanto en el saber popular convencional como en el trabajo teórico de autores como Adorno y su influyente tradición) de que la moderna «sociedad de masas» deja poco o ningún espacio para la creatividad local y personal; de que los participantes pueden ser considerados como meros alienados, moldeados culturalmente por los medios de comunicación masivos. En caso de ser correcto este punto de vista, en Milton Keynes existiría una escasa actividad musical digna de estudio –en caso de haber alguna–, más allá de la influencia ejercida por los medios masivos o por la industria musical en general. Este conjunto de planteamientos era reforzado por el esquema evolucionista aún vigente que predica un camino de dirección única, a saber: el que va desde las antiguas tradiciones rurales, ricas en resonancias de comunidad y rituales comunitarios, hasta los rasgos impersonales, urbanos y científicos de la modernidad. Desde tales perspectivas, las actividades musicales de tipo personal y participativo jugarían, en el mejor de los casos, apenas un rol marginal en la vida urbana moderna –en claro contraste tanto con la supuesta vida comunal aldeana del pasado como con la famosa «actividad musical familiar» de la edad de oro victoriana (en el contexto inglés), que tan prominente lugar ha tenido en nuestra mitología nacional.</p>
<p>Paradigmas teóricos de este tipo forman parte del background de la mayoría de los antropólogos que estudian música en la época moderna; estén de acuerdo o no con ellos, constituyen un clima de opinión que precisa ser confrontado de manera explícita. En mi caso, esto se acentuaba por las especificidades del contexto en que había de llevar a cabo la investigación. En el tiempo en que hice mi estudio, al comienzo de los años ochenta, Milton Keynes estaba clasificada como una de las «nuevas ciudades» de Gran Bretaña. Eso quiere decir que era percibida de acuerdo con el estereotipo de un asentamiento planificado y carente de rostro, sin actividades creativas o valores artísticos. Su imagen popular de cara al exterior era la de un «desierto cultural».</p>
<p>¿Qué es lo que encontré? Contrariamente a lo que muchos habrían esperado, la amplitud y el rango de la actividad musical local en Milton Keynes era notable. La involucración personal en la música, en su interpretación, en la creatividad artística, en la composición personal y de grupo y en la sociabilidad a través de la música no estaban de ninguna manera «muertas» o disminuidas. Realmente, la ciudad se hallaba inmersa en un constante desarrollo de formas y entusiasmos, sin signo alguno de decaer en un futuro. El cuadro de conjunto suponía un contraste llamativo, tanto respecto a la visión pesimista de la «cultura de masas» avanzada por Adorno y sus seguidores como respecto al mito nostálgico de que, en contraste con una «edad dorada» en el pasado, la gente ordinaria ya no se implica en música en el mundo de hoy.</p>
<p>Puesto que carezco del espacio necesario para discutir estos hallazgos en detalle (han sido presentados con mayor extensión en Finnegan, 1991, 1997 y especialmente 1989), he resumido en la tabla de la página siguiente algunos de los grupos musicalmente activos que encontré.</p>
<p>Grupos y actividades musicales a comienzos de los años ochenta en<br />
Milton Keynes (Buckinghamshire, Inglaterra) </p>
<p>Clásica<br />
Orquestas<br />
3-4 orquestas principales.<br />
Varias docenas de orquestas juveniles y escolares.<br />
Coros (en torno a 100)<br />
Muchos pequeños grupos independientes.<br />
Coros en la mayoría de las escuelas e iglesias.<br />
Jazz<br />
12 o más bandas de jazz.<br />
5 a 6 locales de actuación en pubs y clubs.<br />
Música folklórica<br />
Unos 12 grupos/bandas de folk.<br />
4 grupos de danza ceilidh.<br />
5-6 eventos regulares de encuentro entre grupos folklóricos.<br />
Rock y pop<br />
Unas 100 bandas activas (no siempre duraderas).<br />
A lo largo del período de investigación (1980-84), varios cientos de grupos con algún renombre.<br />
Bandas<br />
5-8 bandas principales.<br />
Muchas bandas menores (por ejemplo, las de la Brigada Infantil y el Ejército de Salvación).<br />
Opera y Teatro musical<br />
2 sociedades Gilbert & Sullivan.<br />
Otros 4 grupos amateur de ópera o teatro musical.<br />
Country & Western<br />
2 grupos principales (actuando tanto local como nacionalmente).<br />
4 grupos pequeños.<br />
1 importante club local, más algunos pequeños clubs de corta vida.<br />
Nota: Este resumen (reproducido también en Finnegan 1991, 1997 y en prensa) se basa en el estudio etnográfico de Milton Keynes de la primera mitad de la década de los ochenta, cuando la población estaba en torno a 100-120.000 habitantes. Para más detalles, véase Finnegan, 1989.</p>
<p>Por supuesto, este cuadro da sólo una visión esquemática de ciertas actividades abiertas, y no puede transmitir la rica diversidad artística y profundidad de sentido experimentada por los participantes. Se hace preciso también omitir el análisis detallado de los contrastes y superposiciones entre muchos de esos «mundos musicales» vigentes en Milton Keynes –el clásico, el de las bandas, el operístico, el folklórico, el de country-western, el de jazz y el de rock. Tampoco da una idea adecuada de las dinámicas complejas y del arte de las pequeñas bandas y grandes asociaciones voluntarias; de los muchos y variopintos patrones de ejecución, composición y aprendizaje musical; o de la significación más profunda de la música para tantos aspectos de la vida urbana. De todos modos, el cuadro nos da por lo menos una rápida impresión de la gran cantidad de actividad musical organizada por los habitantes de Milton Keynes. También da una cierta idea de la compleja serie de «mundos» superpuestos en los que tales actividades estaban incluídas. Pues, en contraste con algunos estudios sobre música, a lo que yo aspiraba era a hacer el mapa de todas las formas de actividad musical –no a concentrarme sólo en, pongamos por caso, la «clásica» o el «rock». Comparar las convenciones en contraste recíproco (aunque a menudo solapadas) de cada uno de estos mundos, finalmente arrojaba una mayor luz sobre cada uno de ellos, y además permitía identificar algunos patrones más amplios compartidos en distinta medida por todos ellos.</p>
<p>Pese a lo que costó establecer este listado de grupos y categorías (nada más descubrir y mapear su existencia fue un desafío del trabajo de campo, costoso en tiempo y esfuerzo), dicho listado no constituye en sí mismo un estudio antropológico satisfactorio. Como antropólogos, ¿qué podemos sacar realmente de él? Al reflexionar retrospectivamente sobre el estudio, me doy cuenta de que envolvía afrontar una serie de cuestiones teóricas que probablemente afectan a cualquier antropólogo que enfrente el estudio de la música. Merecen cierta discusión, aunque sólo sea porque nos retrotraen, de nuevo, a la cuestión central de para qué estudiar la música. O, por ponerlo en otros términos, la cuestión de qué insights podemos extraer de su estudio que sean verdaderamente relevantes de cara a problemas antropológicos contemporáneos.</p>
<p>Primero está el conjunto de preguntas en torno a una aproximación científica al estudio de la música. Si el papel de un antropólogo, o, más generalmente, de un científico social, consiste en analizar los rasgos sociales y culturales de la música en su contexto real, entonces necesitamos atender a lo que la gente realmente hace, más que a lo que los analistas piensan que debería hacer. Tratándose de música, más que de ninguna otra cosa (un concepto dotado de resonancias muy emotivas en las culturas europeas) es fácil caer en una suerte de romanticismo idealizador, a menudo inundado de admiración hacia los «grandes maestros», o aún más hacia los «grandes compositores» dentro del canon clásico de la música occidental. El ideal del «individuo genial», independiente de la sociedad que le rodea y situado (con mucha menor frecuencia, situada) por encima de ella, es una poderosa fuerza en el pensamiento convencional sobre arte. Los antropólogos deberían desafiar muchas de las asunciones de esta aproximación; tanto por su énfasis en el «Gran Hombre» como primer motor como por sus presuposiciones, a menudo etnocéntricas y evolucionistas. Mas todavía, a estas alturas resulta tentador dejarse arrastrar por los paradigmas tradicionales del arte cultivado, para los que todo lo que pueda catalogarse como «arte» debe ser tratado con especial veneración, como algo autónomo en sí mismo y dotado de una existencia fuera de las convenciones sociales y culturales al uso. Es verdad que yo encontraba admirables muchas de las producciones, interpretaciones y valores artísticos de bastantes de los músicos que estudié en Milton Keynes, y esperaba que mi libro transmitiera, en alguna medida, ese aprecio por su trabajo. Pero la admiración no constituye análisis. Ni podría un estudio de los grandes exponentes individuales por sí mismos conformar una descripción verdaderamente antropológica, sin los análisis correspondientes de los contextos y las convenciones dentro de los cuales aquéllos funcionan. Y así como un sociolingüista se interesa por el hablante balbuciente tanto como por el locuaz, de igual manera ocurre con el antropólogo de la música: para entender cómo se practicaba la música en Milton Keynes necesitaba atender no tanto a los «Grandes Hombres» –los profesionales o los exponentes del arte más elevado–, sino sobre todo a los «músicos escondidos», los ordinarios, los de la vida corriente. Y a los «malos» practicantes tanto como a los «buenos». Así que encontré que tenía que combatir y superar la visión romántica del arte, especialmente la del «arte elevado» con su poderoso modelo clásico de la música.</p>
<p>Una contraparte obvia a esto se halla en el conjunto de teorías que, de variadas maneras, explica la música en términos de sus rasgos sociales. Ciertamente, una verdad esencial a la que me acogía era que la música es ejecutada por personas, en un contexto social guiado más por convenciones de naturaleza cultural que por un supuesto genio individual, asocial. Pero aquí, de nuevo, era demasiado fácil irse al otro extremo, cayendo en análisis reduccionistas o deterministas donde la música es contemplada solamente en términos de, por ejemplo, sus funciones educacionales o estabilizadoras para la sociedad –como en ciertos análisis funcionalistas. Tales aproximaciones reduccionistas se pueden encontrar en el marxismo tradicional más puro, y, hasta cierto punto, en las versiones recientemente más sofisticadas con un foco relativamente estrecho centrado en cuestiones de clase, poder o economía política. Tales cuestiones son, qué duda cabe, de interés; pero se persiguen a veces con un celo tan unidimensional que obtenemos poca apreciación del arte implicado en las actividades en cuestión, o de las experiencias y puntos de vista locales de los participantes –la música, en sí misma, tiende a desvanecerse. El gran antropológo de la música John Blacking ha establecido esto de una forma contundente al criticar las explicaciones sociopolíticas de la diversidad musical, las cuales tienen el efecto de hacer de ella «una mera parte de la superestructura de la vida social, determinada por las formaciones económicas y políticas» (Blacking, 1991: 61).</p>
<p>Con independencia de cualquier argumento abstracto, en la práctica encontré difícil encontrar el equilibrio adecuado (como probablemente le ocurra a otros antropólogos que estudian la música o las artes). Aún suscribo mis reflexiones y mi tensión de entonces sobre este punto:</p>
<p>«Es difícil escribir al mismo tiempo con el distanciamiento del científico social y con un cabal aprecio personal por la creatividad humana implicada en la ejecución y expresión artísticas. La constante tentación es o caer en la trampa reduccionista de no ver la música más que como el epifenómeno de la estructura social, o deslizarse, a la inversa, en la romantización facilona del ‘arte’» (Finnegan, 1989: 10-11).</p>
<p>En mi caso, una forma de hacer frente a esta tentación fue concentrarse no tanto en las obras musicales como tales o en sus exponentes individuales como en los procesos activos –las prácticas y convenciones a través de las cuales las personas producían y experimentaban colectivamente la música. Esta aproximación posee algunas ramificaciones que merece la pena repasar rápidamente.</p>
<p>En primer lugar, conlleva un desafío a la definición de la música como esencialmente la obra musical, cuya última realidad reposa en la partitura, en el texto. Un buen número de investigadores cuestiona hoy las asunciones básicamente etnocéntricas de este punto de vista. Dicho paradigma puede haber influenciado durante largo tiempo la música clásica en Occidente; pero, tal y como encontré en mi propio trabajo en las islas Fidji, resulta un modelo inapropiado para estudiar las convenciones de otras músicas más orientadas a la performance. Incluso puede cuestionarse que sirva para algunos aspectos de la práctica de la propia música clásica a menudo pasados por alto. Nos resulta verdaderamente difícil sacudirnos de encima este modelo; pues la asunción evolucionista de que la música clásica occidental despliega las formas más altas y desarrolladas –una asunción insidiosamente influyente hasta cuando tratamos de negarla– nos predispone a concentrarnos en un conjunto de convenciones tomadas como representativas de lo más «elevado», o por lo menos del modelo «natural» de música. Por comparación, otros aparecen como aproximaciones fracasadas a él, o como residuos de formas del pasado menos desarrolladas. Visto en un contexto comparativo, este paradigma es limitado para muchos tipos de música, incluyendo la nuestra.</p>
<p>En cualquier caso, lo que encontré es que las dudas sobre esta visión de la música fijada en la obra musical (la partitura), encajaban bastante con un desplazamiento corriente en otros campos de la antropología: el que va de análisis basados en el producto a análisis basados en el proceso –de la estructura al proceso. Al menos en Europa, esta línea apenas había sido aprovechada para el estudio de la música. Pero estaba tornándose cada vez más visible en otras ramas de la antropología (resumidas, por ejemplo en Ortner, 1984). También encajaba con la aproximación, un tanto similar, que yo ya había adoptado en mi anterior trabajo sobre literatura oral con su foco en el análisis performativo y procesual. El volverse hacia los procesos musicales activos en lugar de concentrarse en los productos (las obras musicales como tales) tenía la ventaja añadida de abrirme oportunidades para realizar trabajo de campo en el centro mismo de la acción social, sin limitarme a analizar textos en gabinete. Esto significa implicarse en la observación de las prácticas de la gente en lo tocante a organizar y dirigir eventos, reclutar nuevos integrantes, organizar los conjuntos, tocar y componer juntos, disponer los muchísimos ensayos que eran una constante en la vida de los músicos amateur de Milton Keynes, y una infinidad de otras actividades relacionadas con la música. </p>
<p>El enfoque adoptado tenía un énfasis algo diferente de lo que hoy día se entiende como la perspectiva dominante de los «estudios culturales» (cultural studies), con su insistencia en los textos y los modelos lingüísticos. En lugar de ello, yo me volví al análisis de las actividades artísticas –arte, más que poder; actividades, más que textos. Además, estaba de acuerdo con el interés renovado por los estudios interaccionistas sobre música (revisados recientemente en Martin, 1995; para una elaboración posterior de este argumento, ver Finnegan, 1997). Encontré especialmente iluminador el maravilloso Art Worlds del interaccionista Howard Becker (1982). Una vez más, esto me animó a mirar no a los «grandes» músicos, sino a los ordinarios. Pues, como tanto y tan bien han insistido dicho autor y John Blacking, los amateur y los «malos» practicantes son también músicos, y participan activamente en los mundos musicales que encontramos en la cultura como un todo (igual que los miembros de la audiencia, en la medida en que ayudan a dar forma a una ejecución musical a través del ejercicio de convenciones aprendidas de conducta). Estos textos reforzaron mi inclinación a tomar en consideración prácticas más que obras artísticas, y a analizar las convenciones compartidas a través de las cuales la gente da forma a su acción musical colectiva dentro de una serie de «mundos» artísticos más amplios. </p>
<p>El principal foco de mi trabajo de campo consistió, por tanto, en reunir información detallada de los procedimientos de la práctica musical de base: cómo se formaban los grupos musicales, cómo anunciaban y llevaban a cabo sus actuaciones, las reacciones de los miembros de la audiencia, las visiones divergentes que mantenían sobre otras tradiciones musicales distintas de la suya (por ejemplo, la absoluta y mutua antipatía entre los mundos del folk y el country & western), los músicos más innovadores y conservadores, las vías de apoyo financiero para sus actividadesPuede que la música juegue un papel en la experiencia y realización de los seres humanos y en la conformación de la sociedad bastante mayor de lo que normalmente asumen los científicos sociales, los musicólogos o el propio saber convencional. Ignorar esta modalidad de acción humana significa dejar pasar algo fundamental de nuestra experiencia. Este hecho me conduce a cuestionar una vez más no ya el punto de vista, aún vigente, de que los seres humanos de algún modo obtienen su realidad social central de su desempeño económico en la sociedad (una visión normalmente basada en el modelo del «hombre como trabajador asalariado»), sino también el punto de vista más rico (y, en mi opinión, más realista) del «hombre como simbolizador» –corriente en algunas ciencias sociales y en especial en la antropología–, con sus resonancias de una visión de lo humano ideacional y, en último término, lingüísticamente modelada. Con seguridad es igual de válido pintar a los seres humanos como esencialmente practicantes y ejecutantes y sus procedimientos en la ejecución musical.<br />
Puede que la música juegue un papel en la experiencia y realización de los seres humanos y en la conformación de la sociedad bastante mayor de lo que normalmente asumen los científicos sociales, los musicólogos o el propio saber convencional. Ignorar esta modalidad de acción humana significa dejar pasar algo fundamental de nuestra experiencia. Este hecho me conduce a cuestionar una vez más no ya el punto de vista, aún vigente, de que los seres humanos de algún modo obtienen su realidad social central de su desempeño económico en la sociedad (una visión normalmente basada en el modelo del «hombre como trabajador asalariado»), sino también el punto de vista más rico (y, en mi opinión, más realista) del<br />
«hombre como simbolizador» –corriente en algunas ciencias sociales y en especial en la antropología–, con sus resonancias de una visión de lo humano ideacional y, en último término, lingüísticamente modelada. Con seguridad es igual de válido pintar a los seres humanos como esencialmente practicantes y ejecutantes.<br />
Entonces, ¿por que estudiar la musica?<br />
No todos los antropólogos estudiosos de la música desearán seguir el enfoque adoptado en el estudio de Milton Keynes (una aproximación que, en algunos aspectos y según lo veo ahora, no difería tanto de la que subyacía en mis tentativas entre los Limba y en las Fidji). Pero mi intención aquí no es insistir en una perspectiva particular, por persuadida que esté de ella. Lo que quiero es llamar la atención sobre las implicaciones de mayor alcance de mi propia experiencia al estudiar la música sobre el terreno. Reflexionando en conjunto sobre estos trabajos de campo, veo que van más allá de lo que yo era consciente por entonces.</p>
<p>Volviendo así a las preguntas iniciales de este artículo, permítasemente insistir en la importancia de desafiar la idea común, profundamente inculcada, de que la música (y, más generalmente, el arte) es de algún modo marginal y, en esa medida, algo situado fuera del objetivo «normal» de la antropología: ya se trate de la exclusiva de un genio individual asocial o, todo lo más, de una actividad secundaria a ser relegada, si es que aparece, en los últimos capítulos de cualquier relato antropológico. Querría concluir con tres dimensiones de esta idea.</p>
<p>En primer lugar, sea cual fuere la cultura estudiada, con toda probabilidad la música jugará un papel en ella. Es imperativo para los antropólogos estar abiertos a este hecho. Por supuesto, su papel, ideología y sistema de producción diferirán entre sociedades y grupos específicos, así como al interior de éstos. En algunos casos, como los Venda de Suráfrica estudiados por Blacking, cualquiera puede participar en actividades musicales de algún tipo. En otros, como sucede con la cultura inglesa contemporánea, se espera que sólo una pequeña sección de la población total sea intérprete activa, aunque la mayoría –si no todos– actúa en calidad de oyente o tiene una opinión formada. Se espera que determinadas ocasiones incluyan un adorno musical; otras carecen por convención de él, si bien pueden poseer otros marcadores acústicos (incluyendo el silencio). Estas mismas divergencias al interior y entre sociedades, incluyendo aquellas ocasiones en que una ausencia de música es la norma prescrita, constituyen también objetos apropiados de estudio comparativo y demandan tanto investigación etnográfica como análisis teórico. Ya se trate de profundizar en la comprensión de un contexto específico como de realizar análisis comparativos, pasar por alto una faceta tan importante de la vida social sería una triste omisión para la empresa antropológica.</p>
<p>Adilene Palomares Medina</p>
Vida de Palabrahttp://s3.amazonaws.com/lcp/vidadepalabra/myfiles/Gaby.jpghttp://vidadepalabra.lacoctelera.net/post/2006/11/21/medios-comunicacion-masas-2medios comunicacion de masas2006-11-21T20:44:23+00:002007-11-06T07:24:53+00:00
<p>Viejo país de medios prácticamente desde siempre,<br />
Francia fue la cuna de uno de los primeros periódicos, La Gazette, creada en 1631 por Théophraste Renaudot. También en Francia, en 1835, Charles Louis Havas creó la primera agencia de información, y en 1863 Le Petit Journal de Moïse Millaud supuso la aparición de la prensa de masas. Millaud fue el primero que, gracias a una rotativa creada por el ingeniero Marinoni (que dará su nombre a toda una generación de máquinas) consiguió lanzar un periódico de gran tirada. Francia es también un país donde los medios de comunicación aparecen, más que en otras partes, estrechamente ligados a la historia política, ya sea que hablemos del florecimiento de cientos de periódicos en París, durante la Revolución francesa, del llamamiento a la insurrección de la prensa parisiense la víspera del desencadenamiento de las jornadas de julio en 1830, o de los innumerables entrelazamientos de destinos y carreras de hombres políticos y periodistas de primer orden, desde Clemenceau a Jean Jaurès, pasando por Aristide Briand. ¿Puede buscarse en ese pasado la explicación de la importancia del Estado en el sistema mediático francés, la permanente actualización de textos y reglamentos, el apoyo a la prensa escrita, a la Agencia France Presse y a las radios asociativas, su papel de accionista en radios y televisiones públicas, o el impulso dado a favor de ciertas innovaciones tecnológicas como el plan telemático (minitel) o el plan del cable en los años ochenta? </p>
<p>Los medios de comunicación franceses están en el centro de muchos debates políticos, sociales o culturales, como la cuestión de la libertad de expresión ya tratada en el siglo XVIII por los filósofos de la Ilustración y que desembocará a la larga en el voto de la ley de prensa del 29 de julio de 1881, o la crítica de la manipulación y la censura tras la Primera Guerra Mundial, con la adopción de la Carta de 1918, primer código deontológico de los periodistas, por el nuevo Sindicato Nacional de Periodistas. En fechas más recientes se ha entablado un debate sobre las derivas de la información, como consecuencia, por ejemplo, de los acontecimientos de Timisoara o de la guerra del Golfo, así como sobre la responsabilidad de los medios de comunicación, especialmente con ocasión de las elecciones presidenciales de 2002 en Francia<br />
<img src="myfiles/vidadepalabra/kiosk.jpg" width="200" height="133" class="imgdcha" /></p>
<p>Adilene Palomares Medina
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