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21 Noviembre 2006

¿Por qué estudiar la música?

¿Por qué estudiar la música?
Reflexiones de una antropóloga desde el campo*
A menudo se ha considerado la música como algo fuera del campo de la antropología dominante: bien porque su tratamiento se haya dejado a especialistas de otras disciplinas como la musicología, el folklore o la historia social; bien porque haya sido vista como un asunto altamente especializado, más que como parte de la antropología en general o como una parte esencial de la etnografía de conjunto de una cultura o comunidad particulares. El presente artículo cuestiona este errado punto de vista, por motivos tanto teóricos como empíricos. Lejos de resultar marginal a la antropología y a la sociedad, el estudio de la música remite a ramas de la antropología bien establecidas , así como a otras actualmente en desarrollo, y conduce a plantear algunas cuestiones fundamentales sobre la naturaleza de la humanidad.

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Estamos rodeados de música y, tanto si personalmente la valoramos como si no, juega un cierto papel en nuestras vidas. En la medida en que forma plenamente parte del mundo social, los antropólogos habrían de querer dar cuenta de ella. Al mismo tiempo, muchos estudios sobre música parten ya de otros variados puntos de vista –la musicología, la teoría musical clásica, la historia social, la crítica musical, el folklore, la educación, la psicología, por mencionar sólo algunos. Entre todas estas perspectivas, ¿qué podría ofrecer la del antropólogo? En realidad, ¿por qué tendría la antropología que ocuparse en absoluto de la música –de un tema considerado normalmente demasiado especializado y, al mismo tiempo, demasiado marginal o fuera de época para constituir una preocupación central de nuestra disciplina?

Estas son las preguntas a las que me hube de enfrentar cuando, como antropóloga, empecé a estudiar la música de forma directa por primera vez. En este artículo pretendo hacer una reflexión retrospectiva sobre mi propia investigación, como una manera repasar brevemente algunos de los desafíos que la música plantea a un antropólogo en el campo, algunas perspectivas que encuentro útiles y, finalmente, las razones por las que encontré tal estudio no sólo valioso en sí mismo (al menos en mi caso), sino además central con respecto a algunas preocupaciones antropológicas fundamentales.

El caso principal que me servirá de ilustración es mi propia investigación sobre la práctica musical en una pequeña ciudad inglesa, desarrollado a comienzos de los años ochenta. Mas empezaré retrocediendo en el tiempo hasta mi primer trabajo de campo; un periodo durante el cual, ciertamente, jamás pensé en mí misma como estudiosa de la música. Según creo, mi experiencia y reacciones de aquel entonces todavía pueden servir de espejo a muchos investigadores de hoy.

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¿Puede estudiar la musica un antropologo en el contexto de campo tradicional?
A comienzos de los años sesenta, durante todo el tiempo que viví en una aldea Limba, en lo alto de una colina de un área remota de Sierra Leona, en Africa Occidental, oía el eco constante de los toques de tambor resonando por entre las cabañas, las selvas y los valles. También me encontré con el baile, el canto y el toque de tambor como elementos recurrentes de la vida cotidiana, en las granjas así como en la aldea. De vez en cuando me veía sobrepasada por el multiforme complejo de artes –sobre todo, el canto y los instrumentos musicales– utilizadas en los llamativos rituales que se ejecutaban de forma pública y visible como parte de los ciclos del poblado y del ciclo vital de sus habitantes.

La música era, pues, una dimensión inevitable de mi experiencia de campo. Empero, como muchos antropólogos en el contexto tradicional de trabajo de campo, la dejé a un lado casi conscientemente. Consideraba que era demasiado «difícil» hacer un análisis adecuado de ella. Este es, aún hoy, un enfoque común (y comprensible) entre quienes hacen trabajo de campo. Aún cuando la misión antropológica a menudo sea presentada como «holista» –en el sentido ideal de incluir alguna descripción de cada aspecto de la sociedad en estudio y de contemplar cada elemento en su contexto más amplio– la música todavía es considerada como algo marginal en relación con las instituciones centrales de la sociedad: aquéllas en las cuales supuestamente el antropólogo debería concentrarse. Así –se asume– puede dejarse fuera del análisis sin grave pérdida.

En el caso de los Limba la música resultaba demasiado prominente para no verla. Pero yo sentía la carencia de una formación musicológica formal; pensaba que, de todos modos, tenía mucho quehacer, y que me sería de más provecho concentrarme en otros aspectos de la cultura a mi cargo –en otras palabras: llevar a cabo cierta etnografía básica y mi propio estudio especializado sobre la narrativa y la literatura oral Limba. Eso fue lo que hice (ver Finnegan, 1967). La verdad es que, pese a mi particular interés en las artes verbales, hasta evité entrar excesivamente a analizar textos de canciones (en otras palabras, la poesía Limba), basándome en el argumento (no carente de razón) de que los propios Limba consideran el lenguaje de las canciones difícil y oscuro excepto para unos pocos iniciados con larga experiencia. Dado que mi periodo de trabajo de campo era limitado, juzgué que no alcanzaría a dominar su lenguaje con la profundidad requerida para un análisis competente. El cómo acceder al «significado» de un arte performativo como la música era ya algo que me dejaba totalmente perdida. Y no había forma de que pudiera siquiera pensar en esbozar otras tareas, como analizar los complejos ritmos de percusiones entrelazadas, los movimientos del baile (parte integral de la ejecución musical), la melodía o la armonía. O de que hiciera grabaciones aceptables de los instrumentos y el canto con la clase de grabadora a pilas que la mayor parte de los trabajadores de campo podíamos permitirnos por aquél entonces. Mucho menos el proporcionar transcripciones musicales de dichas grabaciones.

En cierto sentido, estaba en lo correcto al no intentarlo. Fuera como fuere en los años sesenta, hoy día los estudios amateur o especulativos –ya se trate de formas artísticas, de la política o del lenguaje– no se consideran dignos de un profesional del trabajo de campo. Actualmente somos conscientes de que la responsabilidad de los antropólogos consiste en formarse en sus materias específicas de estudio, y no en asumir que, en tanto que antropólogos, somos automáticamente omniscientes sobre cada esfera de los asuntos humanos.

Sin embargo, mis evasivas de entonces tenían además otras raíces, que quizá todavía comparten algunos antropólogos en Gran Bretaña y, más generalmente, en Europa (la antropología americana ha estado normalmente más abierta a los estudios sobre arte y música). Sencillamente, el expediente más fácil era ofrecer la excusa creíble (cuando no consciente) de que la música, después de todo, era una materia más bien especializada que podía ser dejada aparte al presentar mi descripción de conjunto de la cultura Limba. Esto significaba apoyarse en la asunción implícita –especialmente persuasiva durante aquellos funcionalistas años sesenta, pero aún vigente hoy día– de que una etnografía debía desde luego incluir asuntos tan «centrales» como parentesco, organización social, modo de subsistencia, división del trabajo, sistemas económicos y políticos, religión, características lingüísticas básicas, contexto histórico, y quizás cierta atención menor a las artes visuales y plásticas –pero aspectos «marginales» y «especializados» de la cultura tales como la ejecución musical o la literatura oral podían ser apartados como secundarios.

Yo me hallaba dispuesta a desafiar ese supuesto para el caso de la literatura oral, que contemplé jugando un papel de peso en la cultura Limba. Pero la música quedaba aún fuera de mi alcance. De todos modos, dada su prominencia dentro de la cultura Limba, no podía ignorar del todo la ejecución y experiencia musicales; la verdad es que, aunque afirme que no estudié la música como tal, de alguna manera sí lo hice. En mis observaciones de campo no podía dejar de recoger, día tras día, su papel en la sociabilidad de los Limba, su centralidad en el ritual, el apoyo que suponía a ciertas tareas cotidianas y su conexión con la división sexual del trabajo en la labor experta y reconocida de cantores, percusionistas y danzantes señalados. La música Limba estaba vinculada claramente con aspectos de la vida social familiar dentro del estudio antropológico más general. Aún más: a partir de la observación participante en sesiones de narración de historias y de mi análisis de lo que yo experimentaba en ellas y de las sesiones que grababa, fue creciendo mi consciencia de la contribución directa del canto al interior de las historias Limba, así como de la riqueza en rasgos acústicos que caracterizaba sus convenciones narrativas.

Lo más chocante de todo, uno de los descubrimientos que no pude evitar, era el elevado estatus de la música entre las acciones y artes de los Limba. Por decirlo con más precisión: se fue haciendo evidente que no sólo la ejecución musical cumplía, junto con la danza, una función indispensable en ciclos personales y públicos y en numerosas actividades sociales; sino también que, en la jerarquía Limba de las artes, el rango más elevado correspondía al baile y al toque de tambor junto con ciertos géneros del canto para danza. Tales géneros eran colocados por delante de la expresión verbal. Yo tenía que aceptar que el foco que había escogido (los relatos hablados) se encontraba por debajo en la escala de valoración Limba con respecto a, por ejemplo, la percusión. Esto constituía un desafío interesante a mi evaluación occidental, etnocéntrica, típica de un intelectual, la cual tendía a dar por supuesto que la literatura (es decir, las formulaciones basadas en la palabra) posee siempre un lugar de privilegio.

En lugar de extenderme en el ejemplo, querría enfatizar algunas lecciones generales que puedo extraer de él al reflexionar después de muchos años. Un punto importante es que, aunque un tipo de análisis de lo musical (el más formalmente musicológico) no me era accesible, ni resultaba en realidad especialmente relevante para mis intereses, otras aproximaciones ciertamente sí lo hubieran sido. Atender a las prácticas sociales de la vida cotidiana, a la división del trabajo, a la reputación de individuos considerados sobresalientes, al papel de la música en el ritual, a las evaluaciones locales: todas estas cuestiones descansan en las habilidades y aproximaciones antropológicas al uso, y todas ellas implican, inevitablemente, algún grado de atención a la música. Es más: haber tenido en cuenta la música hubiera servido para ligar el análisis con otras ramas bien asentadas de la antropología y/o con algunas que se han desarrollado más tarde –estoy pensando en ejemplos como la «orientación performativa» en antropología lingüística, los estudios sobre performance ritual, la antropología de la experiencia o la reciente escuela de «antropología de los sentidos» (que discutiré más adelante). Para varias de estas ramas de la antropología, el estudio de las actividades musicales, lejos de ser un objetivo periférico y especializado, resulta analíticamente central. Una vez nos desembarazamos de los supuestos sobre el estatus marginal o autónomo de la música, se hace evidente que algún estudio de las prácticas musicales locales y su organización no sólo se halla bastante más disponible para el trabajador de campo con una formación antropológica general de lo que suele pensarse, sino que, para algunas perspectivas antropológicas, es además obligatorio de cara a una comprensión cabal de la cultura.

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Interludio
Estimulada por mis conclusiones sobre la naturaleza activa y multisensorial de la narración de historias entre los Limba, tras mi trabajo con esa cultura continué desarrollando mi interés, entre otras cosas, por la ejecución (performance) en un sentido amplio. Aunque la música no constituía aún el corazón de mi trabajo apenas podía ignorarla, dado que representaba, cuando menos, un elemento entre otros dentro de las performances en las que yo estaba interesada –en algunos casos, el elemento principal.

La experiencia de pasar tres años en Suva, la capital de las islas Fidji, en el Pacífico Sur, intensificó aún más mi conciencia de la música. Durante mi vida allí, al final de los años setenta, no pude dejar de notar la gran cantidad de música que se desplegaba. Una expresión tanto de arte como de identidad en las tres florecientes tradiciones principales de Fidji: la fuerte tradición local de la propia música fidjiana, basada en el concepto tradicional (pero aún vigente) del compositor inspirado y experto que se apoya en un duro trabajo de ensayos en grupo que perfeccionan y dan realidad a la creación del compositor; la música india, con su complejo background clásico y una diversidad de manifestaciones en la vida contemporánea de Suva, que iban desde grupos populares hasta clásicos; y la herencia musical europea, que se ha convertido en una parte sobresaliente de la vida fidjiana moderna a través del repertorio clásico y de la música de iglesia.

Algunos analistas consideraban que sólo la música dentro del estilo europeo clásico establecido merecía realmente la atención. Más frecuentemente, el punto de vista era el de que sólo la música tradicional de Fidji, arraigada como está en tradiciones culturales y rituales del Pacífico, debía estudiarse; y que la música europea e india, al ser «importada» o «foránea», sería de poca importancia. Estas últimas eran a menudo consideradas como las más «antinaturales», por el hecho de que a veces no toman la forma de actividades aldeanas o de ceremonias rituales, sino también de coros de iglesia o de grupos musicales ligados a categorías ocupacionales urbanas particulares –como los «bomberos» o los «cementeros», por ejemplo– o de bandas que tocan en night clubs. Pero en el breve estudio que emprendí de esos grupos (Finnegan, 1979/81), se evidenció que esas diferentes combinaciones representaban de hecho los intereses y actividades de una gran cantidad de gente activa –todos formaban parte por igual del panorama citadino contemporáneo que estudia el antropólogo urbano–, sin que ninguna de esas formas fuera de modo autoevidente más «real» que las otras. Es más: independientemente de cuál de esas tradiciones fuera seguida mayoritariamente, las actividades musicales de sus distintos exponentes se hallaban entrelazadas en un contexto más general de bienestar mutuo, un sentido de identidad y de valor, de control social y de integración de los individuos en un entorno urbano que para la mayoría de ellos era nuevo. También encontré un florecimiento de creatividad humana y de performances en lugares tal vez inesperados. Y tomé consciencia de la contribución que estos músicos a veces despreciados –y, en cualquier caso, ignorados– estaban haciendo al enriquecimiento no ya de sus propias vidas, sino también de la variopinta y cambiante cultura de Suva como un todo.

Volviendo sobre este estudio, me doy cuenta de que, además de reforzar mi conclusión anterior de que aspectos de la música pueden, después de todo, ser estudiados por un antropólogo, extraigo otras dos lecciones de mi experiencia de campo. Primero, era poco sabio partir de la asunción –como a menudo hacemos– de que sólo ciertos tipos de música merecen ser estudiados. En mi caso habría sido tentador volverse solamente hacia lo que podría ser definido (quizás equívocamente) como «lo tradicional», excluyendo lo que se ejecutaba en contextos más «urbanos» o «modernos». Pero la experiencia de campo me persuadió de que, una vez hubiera abierto los ojos a lo que realmente estaba ocurriendo, tal selección hubiera producido una impresión enteramente unidimensional. En segundo lugar, como yo estaba tratando con tres tradiciones diferentes, cada una de las cuales poseía también una gran diversidad interna, no podía dejar de reconocer el hecho de que la música puede ser producida y apreciada de muy distintas formas. Existían, por ejemplo, relaciones diferentes entre pro­ducción y ejecución, que variaban según la procedencia dominante fidjiana, india o europea, pero también, en cierto grado, de acuerdo con los distintos géneros al interior de cada una de esas tradiciones. De modo similar, se daban patrones diferentes de instrumentación, dinamicas grupales o uso de medios orales (por oposición a los escritos). No existía un único proceso correcto o «natural» de acción o producción musical, ni, ciertamente, un único patrón «tradicional». Esto amplió mis ideas sobre los alcances y variación de la expresión musical humana, animándome a desafiar los estereotipos dados por supuesto que yo misma había incorporado a través de mi formación sobre lo que es esencialmente la música y sobre cómo debe de manifestarse.

Por el final de los años setenta y comienzos de los ochenta, también descubrí que, aunque el trabajo de campo antropológico sobre música era escaso por comparación con el realizado en otros dominios de la antropología, no obstante existían algunos estudios verdaderamente señalados en los cuales inspirarme. Aquí hay que mencionar especialmente el trabajo de Becker –a menudo etiquetado como sociólogo, pero con un ojo verdaderamente antropológico–, ­Blacking, Feld, Merriam y Stone (algunos otros trabajos influyentes aún no habían aparecido). Así que, por aquél entonces, tanto mis experiencias de campo como mis lecturas me llevaban a sentirme más confiada sobre la capacidad del antropólogo para estudiar la música y sobre la importancia de hacerlo.

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¿Puede estudiarse la música en una moderna ciudad occidental?
Mis trabajos anteriores estaban basados en los contextos de campo no occidentales de Africa del Oeste y las islas Fidji –contextos tradicionalmente incluidos en la esfera de operaciones del antropólogo. Ahora tenía ambición suficiente para tomar en consideración el estudio de la ciudad en que vivía, en Gran Bretaña. No obstante, para eso primero tenía que enfrentarme a unas cuantas cuestiones espinosas. ¿Puede un antropólogo llevar a cabo trabajo de campo sobre música en un moderno contexto urbano de Europa? Y si es así, ¿de qué manera?

Al comienzo el plan no parecía muy prometedor. Ciertamente, existían muchos estudios sobre música en contextos locales realizados por historiadores de la música –de los músicos locales, de los clubes musicales, o de culturas concertísticas de ciertas ciudades en el pasado. O, para culturas menos familiares, por etnomusicólogos especializados. Existían también estudios de las instituciones musicales nacionales, de músicos profesionales, de grupos con reputación nacional, de la organización de la «industria musical» y de las obras musicales clásicas, tomadas en sí mismas. Se encontraba también, en grandes cantidades, un lenguaje de subidos vuelos dedicado a analizar o alabar la música clásica y sus grandes exponentes, ya en el terreno de la interpretación, ya en el de la composición, junto con unos pocos estudios desde el punto de vista estrictamente opuesto, dedicados a deconstruir formas particulares en términos de clase, género o poder –especialmente en lo tocante a los medios de comunicación masiva. Otra aproximación consistía en una recogida un tanto romántica de música «folk» en contextos rurales, poniendo gran énfasis en la preservación de tradiciones supuestamente en peligro y de sus más ancianos portadores.

En contraste con tales aproximaciones, lo que a mí me interesaba era el aquí y el ahora. Y –quizás típico de un antropólogo– quería saber no tanto sobre las actividades y puntos de vista de los artistas y compositores profesionales aclamados nacionalmente, como de los músicos amateur ordinarios y de sus prácticas a un nivel local. De forma similar, y por encima de todo escepticismo postmoderno, a mí me continuaba impresionando la presencia viva de la antropología en la etnografía empírica. Esta última conlleva la obligación de estudiar con cierta profundidad las prácticas musicales vigentes en un momento dado, explorándolas en el contexto urbano local donde la riqueza de los datos aparece en toda su complejidad –más que dedicarse simplemente a especular sobre ellas de forma abstracta, tratar de darlas por explicadas a través de tentativas re­duccionistas de generalización o recrearse facilonamente en plan postmoderno en las cuestiones personales que el trabajo de campo siempre suscita.

Tomando el toro por los cuernos, me decidí a llevar a cabo un estudio etnográfico de la música y las actividades musicales en mi propia ciudad de Milton Keynes, en Buckingamshire, al centro-sur de Inglaterra. Mi intención era la de aproximarme a ella como si de una cultura extraña se tratara, descubrir qué ­actividades musicales se daban y concentrarme principalmente en el polo amateur del continuo amateur/profesional.

Aunque en cierto sentido era éste un objetivo bastante simple, había ­también algunos desafíos. El método suscitaba problemas, dado que los modos «tradicionales» de observación participante adecuados para una comunidad de pequeña escala necesitan claramente ser ampliados y adaptados al contexto urbano. No es éste el lugar donde profundizar en estos problemas (el tema es considerado en el apéndice a Finnegan, 1989), excepto para remarcar que si bien estos métodos tradicionales realmente precisaban ser suplementados por otros (especialmente entrevistas y análisis de prensa), la observación cara a cara y la experiencia directa continuaron constituyendo el corazón del estudio.

Más determinante que esto eran ciertos paradigmas teóricos que no podían dejar de afectarme, tanto si coincidía con ellos como si no. Entre éstos estaba la asunción (extendida tanto en el saber popular convencional como en el trabajo teórico de autores como Adorno y su influyente tradición) de que la moderna «sociedad de masas» deja poco o ningún espacio para la creatividad local y personal; de que los participantes pueden ser considerados como meros alienados, moldeados culturalmente por los medios de comunicación masivos. En caso de ser correcto este punto de vista, en Milton Keynes existiría una escasa actividad musical digna de estudio –en caso de haber alguna–, más allá de la influencia ejercida por los medios masivos o por la industria musical en general. Este conjunto de planteamientos era reforzado por el esquema evolucionista aún vigente que predica un camino de dirección única, a saber: el que va desde las antiguas tradiciones rurales, ricas en resonancias de comunidad y rituales comunitarios, hasta los rasgos impersonales, urbanos y científicos de la modernidad. Desde tales perspectivas, las actividades musicales de tipo personal y participativo jugarían, en el mejor de los casos, apenas un rol marginal en la vida urbana moderna –en claro contraste tanto con la supuesta vida comunal aldeana del pasado como con la famosa «actividad musical familiar» de la edad de oro victoriana (en el contexto inglés), que tan prominente lugar ha tenido en nuestra mitología nacional.

Paradigmas teóricos de este tipo forman parte del background de la mayoría de los antropólogos que estudian música en la época moderna; estén de acuerdo o no con ellos, constituyen un clima de opinión que precisa ser confrontado de manera explícita. En mi caso, esto se acentuaba por las especificidades del contexto en que había de llevar a cabo la investigación. En el tiempo en que hice mi estudio, al comienzo de los años ochenta, Milton Keynes estaba clasificada como una de las «nuevas ciudades» de Gran Bretaña. Eso quiere decir que era percibida de acuerdo con el estereotipo de un asentamiento planificado y carente de rostro, sin actividades creativas o valores artísticos. Su imagen popular de cara al exterior era la de un «desierto cultural».

¿Qué es lo que encontré? Contrariamente a lo que muchos habrían esperado, la amplitud y el rango de la actividad musical local en Milton Keynes era notable. La involucración personal en la música, en su interpretación, en la ­creatividad artística, en la composición personal y de grupo y en la sociabilidad a través de la música no estaban de ninguna manera «muertas» o disminuidas. Realmente, la ciudad se hallaba inmersa en un constante desarrollo de formas y entusiasmos, sin signo alguno de decaer en un futuro. El cuadro de conjunto suponía un contraste llamativo, tanto respecto a la visión pesimista de la «cultura de masas» avanzada por Adorno y sus seguidores como respecto al mito nostálgico de que, en contraste con una «edad dorada» en el pasado, la gente ordinaria ya no se implica en música en el mundo de hoy.

Puesto que carezco del espacio necesario para discutir estos hallazgos en detalle (han sido presentados con mayor extensión en Finnegan, 1991, 1997 y especialmente 1989), he resumido en la tabla de la página siguiente algunos de los grupos musicalmente activos que encontré.

Grupos y actividades musicales a comienzos de los años ochenta en
Milton Keynes (Buckinghamshire, Inglaterra)

Clásica
Orquestas
3-4 orquestas principales.
Varias docenas de orquestas juveniles y escolares.
Coros (en torno a 100)
Muchos pequeños grupos independientes.
Coros en la mayoría de las escuelas e iglesias.
Jazz
12 o más bandas de jazz.
5 a 6 locales de actuación en pubs y clubs.
Música folklórica
Unos 12 grupos/bandas de folk.
4 grupos de danza ceilidh.
5-6 eventos regulares de encuentro entre grupos folklóricos.
Rock y pop
Unas 100 bandas activas (no siempre duraderas).
A lo largo del período de investigación (1980-84), varios cientos de grupos con algún renombre.
Bandas
5-8 bandas principales.
Muchas bandas menores (por ejemplo, las de la Brigada Infantil y el Ejército de Salvación).
Opera y Teatro musical
2 sociedades Gilbert & Sullivan.
Otros 4 grupos amateur de ópera o teatro musical.
Country & Western
2 grupos principales (actuando tanto local como nacionalmente).
4 grupos pequeños.
1 importante club local, más algunos pequeños clubs de corta vida.
Nota: Este resumen (reproducido también en Finnegan 1991, 1997 y en prensa) se basa en el estudio etnográfico de Milton Keynes de la primera mitad de la década de los ochenta, cuando la población estaba en torno a 100-120.000 habitantes. Para más detalles, véase Finnegan, 1989.

Por supuesto, este cuadro da sólo una visión esquemática de ciertas actividades abiertas, y no puede transmitir la rica diversidad artística y profundidad de sentido experimentada por los participantes. Se hace preciso también omitir el análisis detallado de los contrastes y superposiciones entre muchos de esos «mundos musicales» vigentes en Milton Keynes –el clásico, el de las bandas, el operístico, el folklórico, el de country-western, el de jazz y el de rock. Tampoco da una idea adecuada de las dinámicas complejas y del arte de las pequeñas bandas y grandes asociaciones voluntarias; de los muchos y variopintos patrones de ejecución, composición y aprendizaje musical; o de la significación más profunda de la música para tantos aspectos de la vida urbana. De todos modos, el cuadro nos da por lo menos una rápida impresión de la gran cantidad de ­actividad musical organizada por los habitantes de Milton Keynes. También da una cierta idea de la compleja serie de «mundos» superpuestos en los que tales actividades estaban incluídas. Pues, en contraste con algunos estudios sobre música, a lo que yo aspiraba era a hacer el mapa de todas las formas de actividad musical –no a concentrarme sólo en, pongamos por caso, la «clásica» o el «rock». Comparar las convenciones en contraste recíproco (aunque a menudo solapadas) de cada uno de estos mundos, finalmente arrojaba una mayor luz sobre cada uno de ellos, y además permitía identificar algunos patrones más ­amplios compartidos en distinta medida por todos ellos.

Pese a lo que costó establecer este listado de grupos y categorías (nada más descubrir y mapear su existencia fue un desafío del trabajo de campo, costoso en tiempo y esfuerzo), dicho listado no constituye en sí mismo un estudio antropológico satisfactorio. Como antropólogos, ¿qué podemos sacar realmente de él? Al reflexionar retrospectivamente sobre el estudio, me doy cuenta de que envolvía afrontar una serie de cuestiones teóricas que probablemente afectan a cualquier antropólogo que enfrente el estudio de la música. Merecen cierta discusión, aunque sólo sea porque nos retrotraen, de nuevo, a la cuestión central de para qué estudiar la música. O, por ponerlo en otros términos, la cuestión de qué insights podemos extraer de su estudio que sean verdaderamente relevantes de cara a problemas antropológicos contemporáneos.

Primero está el conjunto de preguntas en torno a una aproximación científica al estudio de la música. Si el papel de un antropólogo, o, más generalmente, de un científico social, consiste en analizar los rasgos sociales y culturales de la música en su contexto real, entonces necesitamos atender a lo que la gente realmente hace, más que a lo que los analistas piensan que debería hacer. Tratándose de música, más que de ninguna otra cosa (un concepto dotado de resonancias muy emotivas en las culturas europeas) es fácil caer en una suerte de romanticismo idealizador, a menudo inundado de admiración hacia los «grandes maestros», o aún más hacia los «grandes compositores» dentro del canon clásico de la música occidental. El ideal del «individuo genial», independiente de la sociedad que le rodea y situado (con mucha menor frecuencia, situada) por encima de ella, es una poderosa fuerza en el pensamiento convencional sobre arte. Los antropólogos deberían desafiar muchas de las asunciones de esta aproximación; tanto por su énfasis en el «Gran Hombre» como primer motor como por sus presuposiciones, a menudo etnocéntricas y evolucionistas. Mas todavía, a estas alturas resulta tentador dejarse arrastrar por los paradigmas tradicionales del arte cultivado, para los que todo lo que pueda catalogarse como «arte» debe ser tratado con especial veneración, como algo autónomo en sí mismo y dotado de una existencia fuera de las convenciones sociales y culturales al uso. Es verdad que yo encontraba admirables muchas de las producciones, interpretaciones y valores artísticos de bastantes de los músicos que estudié en Milton Keynes, y esperaba que mi libro transmitiera, en alguna medida, ese aprecio por su trabajo. Pero la admiración no constituye análisis. Ni podría un estudio de los grandes exponentes individuales por sí mismos conformar una descripción verdaderamente antropológica, sin los análisis correspondientes de los contextos y las convenciones dentro de los cuales aquéllos funcionan. Y así como un sociolingüista se interesa por el hablante balbuciente tanto como por el locuaz, de igual manera ocurre con el antropólogo de la música: para entender cómo se practicaba la música en Milton Keynes necesitaba atender no tanto a los «Grandes Hombres» –los profesionales o los exponentes del arte más elevado–, sino sobre todo a los «músicos escondidos», los ordinarios, los de la vida corriente. Y a los «malos» practicantes tanto como a los «buenos». Así que encontré que tenía que combatir y superar la visión romántica del arte, especialmente la del «arte elevado» con su poderoso modelo clásico de la música.

Una contraparte obvia a esto se halla en el conjunto de teorías que, de variadas maneras, explica la música en términos de sus rasgos sociales. Ciertamente, una verdad esencial a la que me acogía era que la música es ejecutada por personas, en un contexto social guiado más por convenciones de naturaleza cultural que por un supuesto genio individual, asocial. Pero aquí, de nuevo, era demasiado fácil irse al otro extremo, cayendo en análisis reduccionistas o deterministas donde la música es contemplada solamente en términos de, por ­ejemplo, sus funciones educacionales o estabilizadoras para la sociedad –como en ciertos análisis funcionalistas. Tales aproximaciones reduccionistas se pueden encontrar en el marxismo tradicional más puro, y, hasta cierto punto, en las versiones recientemente más sofisticadas con un foco relativamente estrecho centrado en cuestiones de clase, poder o economía política. Tales cuestiones son, qué duda cabe, de interés; pero se persiguen a veces con un celo tan unidimensional que obtenemos poca apreciación del arte implicado en las ­actividades en cuestión, o de las experiencias y puntos de vista locales de los participantes –la música, en sí misma, tiende a desvanecerse. El gran antropológo de la música John Blacking ha establecido esto de una forma contundente al criticar las explicaciones sociopolíticas de la diversidad musical, las cuales tienen el efecto de hacer de ella «una mera parte de la superestructura de la ­vida social, determinada por las formaciones económicas y políticas» (Blacking, 1991: 61).

Con independencia de cualquier argumento abstracto, en la práctica encontré difícil encontrar el equilibrio adecuado (como probablemente le ocurra a otros antropólogos que estudian la música o las artes). Aún suscribo mis reflexiones y mi tensión de entonces sobre este punto:

«Es difícil escribir al mismo tiempo con el distanciamiento del científico social y con un cabal aprecio personal por la creatividad humana ­implicada en la ejecución y expresión artísticas. La constante tentación es o caer en la trampa reduccionista de no ver la música más que como el epifenómeno de la estructura social, o deslizarse, a la inversa, en la romantización facilona del ‘arte’» (Finnegan, 1989: 10-11).

En mi caso, una forma de hacer frente a esta tentación fue concentrarse no tanto en las obras musicales como tales o en sus exponentes individuales como en los procesos activos –las prácticas y convenciones a través de las cuales las personas producían y experimentaban colectivamente la música. Esta aproximación posee algunas ramificaciones que merece la pena repasar rápidamente.

En primer lugar, conlleva un desafío a la definición de la música como esencialmente la obra musical, cuya última realidad reposa en la partitura, en el texto. Un buen número de investigadores cuestiona hoy las asunciones básicamente etnocéntricas de este punto de vista. Dicho paradigma puede haber influenciado durante largo tiempo la música clásica en Occidente; pero, tal y como encontré en mi propio trabajo en las islas Fidji, resulta un modelo inapropiado para estudiar las convenciones de otras músicas más orientadas a la performance. Incluso puede cuestionarse que sirva para algunos aspectos de la ­práctica de la propia música clásica a menudo pasados por alto. Nos resulta verdaderamente difícil sacudirnos de encima este modelo; pues la asunción evolucionista de que la música clásica occidental despliega las formas más altas y desarrolladas –una asunción insidiosamente influyente hasta cuando tratamos de negarla– nos predispone a concentrarnos en un conjunto de convenciones tomadas como representativas de lo más «elevado», o por lo menos del modelo «natural» de música. Por comparación, otros aparecen como aproximaciones fracasadas a él, o como residuos de formas del pasado menos desarrolladas. Visto en un contexto comparativo, este paradigma es limitado para muchos tipos de música, incluyendo la nuestra.

En cualquier caso, lo que encontré es que las dudas sobre esta visión de la música fijada en la obra musical (la partitura), encajaban bastante con un desplazamiento corriente en otros campos de la antropología: el que va de análisis basados en el producto a análisis basados en el proceso –de la estructura al proceso. Al menos en Europa, esta línea apenas había sido aprovechada para el estudio de la música. Pero estaba tornándose cada vez más visible en otras ramas de la antropología (resumidas, por ejemplo en Ortner, 1984). También encajaba con la aproximación, un tanto similar, que yo ya había adoptado en mi anterior trabajo sobre literatura oral con su foco en el análisis performativo y procesual. El volverse hacia los procesos musicales activos en lugar de concentrarse en los productos (las obras musicales como tales) tenía la ventaja añadida de abrirme oportunidades para realizar trabajo de campo en el centro mismo de la ­acción social, sin limitarme a analizar textos en gabinete. Esto significa implicarse en la observación de las prácticas de la gente en lo tocante a organizar y dirigir eventos, reclutar nuevos integrantes, organizar los conjuntos, tocar y componer juntos, disponer los muchísimos ensayos que eran una constante en la vida de los músicos amateur de Milton Keynes, y una infinidad de otras actividades relacionadas con la música.

El enfoque adoptado tenía un énfasis algo diferente de lo que hoy día se entiende como la perspectiva dominante de los «estudios culturales» (cultural studies), con su insistencia en los textos y los modelos lingüísticos. En lugar de ello, yo me volví al análisis de las actividades artísticas –arte, más que poder; actividades, más que textos. Además, estaba de acuerdo con el interés renovado por los estudios interaccionistas sobre música (revisados recientemente en Martin, 1995; para una elaboración posterior de este argumento, ver Finnegan, 1997). Encontré especialmente iluminador el maravilloso Art Worlds del interaccionista Howard Becker (1982). Una vez más, esto me animó a mirar no a los «grandes» músicos, sino a los ordinarios. Pues, como tanto y tan bien han insistido dicho autor y John Blacking, los amateur y los «malos» practicantes son también músicos, y participan activamente en los mundos musicales que encontramos en la cultura como un todo (igual que los miembros de la audiencia, en la medida en que ayudan a dar forma a una ejecución musical a través del ejercicio de convenciones aprendidas de conducta). Estos textos reforzaron mi inclinación a tomar en consideración prácticas más que obras artísticas, y a analizar las convenciones compartidas a través de las cuales la gente da forma a su acción musical colectiva dentro de una serie de «mundos» artísticos más amplios.

El principal foco de mi trabajo de campo consistió, por tanto, en reunir información detallada de los procedimientos de la práctica musical de base: cómo se formaban los grupos musicales, cómo anunciaban y llevaban a cabo sus ­actuaciones, las reacciones de los miembros de la audiencia, las visiones divergentes que mantenían sobre otras tradiciones musicales distintas de la suya (por ejemplo, la absoluta y mutua antipatía entre los mundos del folk y el country & western), los músicos más innovadores y conservadores, las vías de apoyo financiero para sus actividadesPuede que la música juegue un papel en la experiencia y realización de los seres humanos y en la conformación de la sociedad bastante mayor de lo que normalmente asumen los científicos sociales, los musicólogos o el propio saber convencional. Ignorar esta modalidad de acción humana significa dejar pasar algo fundamental de nuestra experiencia. Este hecho me conduce a cuestionar una vez más no ya el punto de vista, aún vigente, de que los seres humanos de algún modo obtienen su realidad social central de su desempeño económico en la sociedad (una visión normalmente basada en el modelo del «hombre como trabajador asalariado»), sino también el punto de vista más rico (y, en mi opinión, más realista) del «hombre como simbolizador» –corriente en algunas ciencias sociales y en especial en la antropología–, con sus resonancias de una visión de lo humano ideacional y, en último término, lingüísticamente modelada. Con seguridad es igual de válido pintar a los seres humanos como esencialmente practicantes y ejecutantes y sus procedimientos en la ejecución musical.
Puede que la música juegue un papel en la experiencia y realización de los seres humanos y en la conformación de la sociedad bastante mayor de lo que normalmente asumen los científicos sociales, los musicólogos o el propio saber convencional. Ignorar esta modalidad de acción humana significa dejar pasar algo fundamental de nuestra experiencia. Este hecho me conduce a cuestionar una vez más no ya el punto de vista, aún vigente, de que los seres humanos de algún modo obtienen su realidad social central de su desempeño económico en la sociedad (una visión normalmente basada en el modelo del «hombre como trabajador asalariado»), sino también el punto de vista más rico (y, en mi opinión, más realista) del
«hombre como simbolizador» –corriente en algunas ciencias sociales y en especial en la antropología–, con sus resonancias de una visión de lo humano ideacional y, en último término, lingüísticamente modelada. Con seguridad es igual de válido pintar a los seres humanos como esencialmente practicantes y ejecutantes.
Entonces, ¿por que estudiar la musica?
No todos los antropólogos estudiosos de la música desearán seguir el enfoque adoptado en el estudio de Milton Keynes (una aproximación que, en algunos aspectos y según lo veo ahora, no difería tanto de la que subyacía en mis tentativas entre los Limba y en las Fidji). Pero mi intención aquí no es insistir en una perspectiva particular, por persuadida que esté de ella. Lo que quiero es llamar la atención sobre las implicaciones de mayor alcance de mi propia experiencia al estudiar la música sobre el terreno. Reflexionando en conjunto sobre estos trabajos de campo, veo que van más allá de lo que yo era consciente por entonces.

Volviendo así a las preguntas iniciales de este artículo, permítasemente insistir en la importancia de desafiar la idea común, profundamente inculcada, de que la música (y, más generalmente, el arte) es de algún modo marginal y, en esa medida, algo situado fuera del objetivo «normal» de la antropología: ya se trate de la exclusiva de un genio individual asocial o, todo lo más, de una actividad secundaria a ser relegada, si es que aparece, en los últimos capítulos de cualquier relato antropológico. Querría concluir con tres dimensiones de esta idea.

En primer lugar, sea cual fuere la cultura estudiada, con toda probabilidad la música jugará un papel en ella. Es imperativo para los antropólogos estar abiertos a este hecho. Por supuesto, su papel, ideología y sistema de producción diferirán entre sociedades y grupos específicos, así como al interior de éstos. En algunos casos, como los Venda de Suráfrica estudiados por Blacking, cualquiera puede participar en actividades musicales de algún tipo. En otros, como sucede con la cultura inglesa contemporánea, se espera que sólo una pequeña sección de la población total sea intérprete activa, aunque la mayoría –si no todos– ­actúa en calidad de oyente o tiene una opinión formada. Se espera que determinadas ocasiones incluyan un adorno musical; otras carecen por convención de él, si bien pueden poseer otros marcadores acústicos (incluyendo el silencio). Estas mismas divergencias al interior y entre sociedades, incluyendo aquellas ocasiones en que una ausencia de música es la norma prescrita, constituyen también objetos apropiados de estudio comparativo y demandan tanto investigación etnográfica como análisis teórico. Ya se trate de profundizar en la ­comprensión de un contexto específico como de realizar análisis comparativos, pasar por alto una faceta tan importante de la vida social sería una triste omisión para la empresa antropológica.

Adilene Palomares Medina

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21 Noviembre 2006

medios comunicacion de masas

Viejo país de medios prácticamente desde siempre,
Francia fue la cuna de uno de los primeros periódicos, La Gazette, creada en 1631 por Théophraste Renaudot. También en Francia, en 1835, Charles Louis Havas creó la primera agencia de información, y en 1863 Le Petit Journal de Moïse Millaud supuso la aparición de la prensa de masas. Millaud fue el primero que, gracias a una rotativa creada por el ingeniero Marinoni (que dará su nombre a toda una generación de máquinas) consiguió lanzar un periódico de gran tirada. Francia es también un país donde los medios de comunicación aparecen, más que en otras partes, estrechamente ligados a la historia política, ya sea que hablemos del florecimiento de cientos de periódicos en París, durante la Revolución francesa, del llamamiento a la insurrección de la prensa parisiense la víspera del desencadenamiento de las jornadas de julio en 1830, o de los innumerables entrelazamientos de destinos y carreras de hombres políticos y periodistas de primer orden, desde Clemenceau a Jean Jaurès, pasando por Aristide Briand. ¿Puede buscarse en ese pasado la explicación de la importancia del Estado en el sistema mediático francés, la permanente actualización de textos y reglamentos, el apoyo a la prensa escrita, a la Agencia France Presse y a las radios asociativas, su papel de accionista en radios y televisiones públicas, o el impulso dado a favor de ciertas innovaciones tecnológicas como el plan telemático (minitel) o el plan del cable en los años ochenta?

Los medios de comunicación franceses están en el centro de muchos debates políticos, sociales o culturales, como la cuestión de la libertad de expresión ya tratada en el siglo XVIII por los filósofos de la Ilustración y que desembocará a la larga en el voto de la ley de prensa del 29 de julio de 1881, o la crítica de la manipulación y la censura tras la Primera Guerra Mundial, con la adopción de la Carta de 1918, primer código deontológico de los periodistas, por el nuevo Sindicato Nacional de Periodistas. En fechas más recientes se ha entablado un debate sobre las derivas de la información, como consecuencia, por ejemplo, de los acontecimientos de Timisoara o de la guerra del Golfo, así como sobre la responsabilidad de los medios de comunicación, especialmente con ocasión de las elecciones presidenciales de 2002 en Francia

Adilene Palomares Medina

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21 Noviembre 2006

medios de comunicacion de masas

Importancia e influencia.
Los medios de comunicación de masas constituyen, en el alba del tercer milenio, una importante actividad económica, con una cifra de negocios de más de 11 000 millones de euros en el sector de la prensa escrita, 5 500 millones de euros en el de la televisión y no menos de 1 000 millones de euros en el de la radio.

Da empleo a más de 30 000 periodistas, el doble que hace dos décadas. Los medios de comunicación son asimismo la sede de grandes grupos de comunicación como Hachette-Lagardère, primera empresa mundial de revistas, o TF1 primera televisión generalista hertziana europea. Muchos de estos grupos franceses de comunicación han extendido su actividad a Europa, y algunos de ellas a todo el mundo. El dinamismo de los mercados escritos y audiovisuales ha atraído igualmente a los más importantes grupos mundiales como AOL Time Warner, Bertelsmann, Pearson o Emap.

Los medios de comunicación de masas ocupan un lugar preeminente, que no cesa de aumentar, en la vida de los franceses, que dedican un mínimo de 3 horas y 15 minutos al día a la televisión y a la radio. Los periódicos no salen tan bien parados, media hora diaria, mientras que el tiempo dedicado a internet no deja tampoco de crecer, con 6 horas y 47 minutos de media semanales. Prácticamente todos los franceses ven la televisión y leen revistas; más del 80% escucha la radio; sin embargo, el porcentaje de lectores regulares de periódicos retrocede y no llega más que al 36%. Signo esperanzador o expresión de una competencia exacerbada a expensas del periódico, la lectura de revistas está entre las más altas del mundo, con casi 7 títulos por persona: las francesas leen 8,2 títulos de media, y 8,3 las comprendidas entre 18-20 años.

Adilene Palomares Medina

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29 Septiembre 2006

LA MÚSICA Y SU INFLUENCIA EN LA GENTE

INTRODUCCIÓN
La influencia de la música puede ser mayor de lo que imaginas

Desde hace 2,500 años, la música se ha considerado una fuerza tan potente e influyente en la sociedad que los principales filósofos y políticos han abogado por su control, incluso a través de la constitución de su nación. Este fue el caso en Esparta y Atenas. En Japón, en el siglo III a.C., se estableció una oficina imperial de música (el Jagaku-ryo) para controlar actividades musicales. Otras culturas antiguas, como las de Egipto, India y China, manifestaron preocupaciones similares. Hoy, un control legislativo o gubernamental de este tipo sería casi inconcebible, pero incluso en este siglo, hay gobiernos que han implementado leyes para controlar la música.

Muchas personas creen que la música es pura y simplemente música -que no implica ningún problema y, por lo tanto, no requiere ninguna evaluación. Además, ¿por qué tanta preocupación por la música? ¿Cuál es el problema? Para los antiguos las respuestas eran claras. Creían que la música afectaba directamente la voluntad, la que a su vez influía sobre el carácter y por ende sobre la conducta humana.

Así, por ejemplo, Aristóteles enseñaba que ¨la música imita directamente (es decir, representa) las pasiones o estados del alma -apacibilidad, enojo, valor, templanza, y sus opuestos y otras cualidades; por lo tanto, cuando uno escucha música que imita cierta pasión, es imbuido por la misma pasión.

Destaquemos, para responder, varios aspectos de la naturaleza de la música. Primero, la música, independientemente de la letra, comunica un mensaje. No son necesarias las palabras para que la música tenga significado.

Segundo, aunque algunos podrían argumentar que la música tiene diferente significado para diferentes personas, y que su efecto es sólo cuestión de una respuesta condicionada, ésta no es una premisa aceptada por los productores de películas, pues al incorporar un teme musical a una película, se da por sentado que tendrá un impacto similar en toda la gente. Si este no fuera el caso, la música para las películas no tendría ningún sentido en otros contextos culturales. Pero las investigaciones han demostrado que el condicionamiento no puede lograr que la música que transmite enojo y odio, o temor y suspenso, a un ser humano, comunique amor o alegría y paz a otro.

En tercer lugar, los productores de películas obviamente suponen que el impacto de la música puede (corporales) pueden ser afectados. Y éstos, a su vez pueden influir sobre nuestras emociones y estado de ánimo, y que en último caso afectar el comportamiento, inclusive la toma de decisiones.

Qué es la Música?

La Música es un movimiento organizado de sonidos a través de un continuo de tiempo. La música desempeña un papel importante en todas las sociedades y existe en una gran cantidad de estilos, característicos de diferentes regiones geográficas o épocas históricas.

Distintas Corrientes o Géneros Musicales:

Rock

Pop

Grunge

Heavy Metal

Electrónica

Punk

Gótica

Clásica

Instrumental

Opera

Balada

Salsa

Cumbia

Merengue

Banda

Norteña

Ranchera

Entre muchas Otras...

La música es para todo tipo de gente no importa género, edad, posición social, etc. Ya que es un medio de expresión, un arte que es para disfrutarse.

Asi como la música está dividida en géneros el estado de ánimo de la gente también lo está, ya que a veces nos sentimos tristes, alegres, con ganas de bailar, saltar, algo con lo que nos sintamos a gusto. Así que, una forma de expresar ese estado de ánimo es por medio del arte llamado Música.

Pero, en qué forma nos cambia de conducta?, Cómo influye en nosotros?

Existen muchos ambientes donde se puede observar esta influencia, algo muy común: Las Fiestas. De lo que sea, boda, 15 años, bautizo, alguna reunión del trabajo o de la escuela, etc. Digamos que ya esta catalogada la gente que asiste a estos eventos. Por ejemplo, no falta el que tiene alguna bronca y nada mas escucha una canción triste (ya sea balada o ranchera) y se suelta a llorar, o se pone a hablar con el compadre o el mejor amigo, o que decir de algún desamor, creo que es un ejemplo súper común en la gente, o también esta el que se siente muy contento y baila de todo, digamos que sufre una transformación. Otro ejemplo seria en los conciertos, sobre todo en los de Rock, es tanta la adrenalina que algunos jóvenes terminan haciendo locuras solo por diversión, lo malo es que a veces esas locuras tienen consecuencias.

Manejemos la música de la siguiente forma:

MÚSICA

Quién no se ha sentido una persona diferente escuchando su melodía preferida y quién no se ha aislado totalmente del mundo que le rodea mientras se deleitaba con una buena canción. Que la música es el arte que más cautiva a las personas es algo ya plenamente reconocido, pero que sea igualmente un instrumento para mejorar el comportamiento de los animales o para que crezcan las plantas, es algo que nos deja asombrados.

Y es que la música es algo más que unos sonidos considerados armónicos para los humanos, ya que si solamente fueran simples sonidos bastaría con cualquier ruido rítmico para atraer a las personas, cuando es obvio que no es así.

Tan grande es la influencia de la música sobre los seres vivos, que se ha utilizado tanto para potenciar la agresividad como la tranquilidad, del mismo modo que se emplea para dormir, relajar, estimular o concentrar. Todo depende del tipo de música y el momento adecuado para escucharla.

La música se emplea lo mismo para una ceremonia religiosa que para divertirse, deleitarse, aislarse, o como preludio al acto amoroso. Los filósofos como Platón y Aristóteles, hacia el año 300 a.C. la empleaban como apoyo a sus conferencias en el Liceo de Atenas. Estos filósofos, especialmente Aristóteles, entendieron claramente que no eran los sonidos naturales los que podían influir solamente en el ser humano (viento, olas, pájaros, silencio de la noche), sino que los sonidos armónicos, que hoy día conocemos como la música, eran mucho más poderosos para influir en la conducta y el carácter.

En muchos siglos se utilizó como apoyo a los tratamientos médicos convencionales, aunque en la actualidad, con el auge de la medicina química y tecnológica, se le desprecia y escasean los médicos que la utilizan en hospitales sobretodo mentales. Anteriormente se consideraba como un método excelente para desarrollar el carácter y la educación de los niños, para elevar la moral y curar las depresiones, incluso para enseñar las matemáticas. En este sentido no debemos olvidar que hasta la llegada de la democracia en nuestro país las reglas aritméticas se aprendían mediante canciones, una costumbre que se practicaba desde hacía siglos.

A estas alturas nadie duda del efecto tan contrario que tiene una música suave, melodiosa, en relación con otra rítmica o ruidosa. Sin que ello deba ser considerado como peyorativo para una u otra, los cierto es que mientras la música suave puede inducir a la concordia y al relax, la otra genera movimiento, entusiasmo y también agresividad. Es más fácil que se organice un alboroto violento en un concierto de rock que en un concierto de música clásica. Podríamos pensar que no es la música en sí, sino el tipo de persona que acude a uno u otro auditorio, o más concretamente por la edad, pero lo cierto es que hoy en día es igual de fácil ver a jóvenes escuchando música clásica que de El tri o Sting. Lo que determina el comportamiento es el tipo de música no la edad del oyente.

Se ha comprobado el efecto que tienen los sonidos musicales en el desarrollo del niño cuando está en el útero materno. Mediante la medición con ecografías (uso de ultrasonidos) y fonendoscopios en madres que escuchaban distintos tipos de música, se comprobó que la música clásica producía movimientos lentos del niño y ninguna alteración de sus constantes cerebrales y circulatorias, la música rock provocaba movimientos nerviosos y aumentos de su frecuencia cardíaca.

No quiere decir que la música rock sea perjudicial y la clásica beneficiosa, simplemente modifican el comportamiento y sabiamente aplicada en el momento adecuado, puede influir en la conducta y el carácter de las personas.

La música se emplea bajo tres parámetros:

· Cadencia o ritmo.

· Intensidad o volumen.

· Frecuencia o posición en el pentagrama.

Las notas altas, agudas, actúan preferentemente sobre las contracturas musculares, se propagan rápidamente en el espacio aunque en distancias cortas, actúan fuertemente sobre el sistema nervioso, constituyen una señal de alerta y aumenta los reflejos, al mismo tiempo que nos ayudan a despertarnos o sacarnos de un estado de cansancio o sopor.

Como factor negativo tenemos el hecho de que el oído es especialmente sensible a ellas y si son muy intensas y prolongadas lo pueden dañar, lo mismo que su efecto sobre el sistema nervioso puede provocar cierto descontrol y alteraciones en los impulsos nerviosos que se vuelven incontrolados.

Las notas bajas, graves, no parece que tengan influencia sobre las terminaciones nerviosas y su efecto es más mecánico, por lo que tienen mayor influencia sobre las zonas corporales huecas, como los pulmones, corazón y abdomen, quizá porque son lugares idóneos para las resonancias. Las notas graves se perciben mal en distancias cortas, por lo que su efecto inmediato es difícil de medir, aunque son capaces de ser audibles en muchos kilómetros. a la redonda. Su efecto mecánico es tan poderoso que puede resquebrajar muros, carreteras, terrenos, y actuar con un efecto vibratorio muy intenso en cualquier cuerpo sólido. Terapéuticamente tienden a producir efectos sombríos, visión pesimista del futuro y tranquilidad extrema.

La cadencia de las notas musicales, graves o agudas, es el segundo factor en importancia y así tenemos que, mientras que los ritmos lentos inducen a la paz, los rápidos inventan al movimiento y a exteriorizar los sentimientos.

El tercer y último elemento musical es la intensidad, la cual indudablemente ha ocupado en nuestro siglo una preponderancia quizá aún mayor que las otras dos, a causa de los potentes equipos de sonido. Cualquiera de los otros dos efectos, cadencia o frecuencia, produce efectos mucho menores que la intensidad del volumen, hasta el punto de que una nota o partitura que en sí es tranquilizante puede volverse irritante si el volumen es más alto que lo que esa persona puede soportar.

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27 Septiembre 2006

Tú puedes estar en Peligro!!!

Es una cruel ironía de la vida, justo cuando estás ganando independencia durante tus años en la universidad y un poco después de graduarte estadísticamente eres más vulnerable a que te ocurra algo malo. Aquí te damos información sobre ésto y los cuidados que se deben tener.
Las jóvenes que acaban de ingresar a la universidad, ambiciosas y a menudo osadas son vulnerables a todo tipo de desgracias, incluyendo crímenes violentos y accidentes fatales que ocurren como resultado de una actitud arriesgada. Además de los obvios peligros físicos de vivir en un lugar desconocido y generalmente con un mínimo de dinero y de andar solas en las noches por las calles de la ciudad; también están las sutiles presiones emocionales: están lejos de su familia, andan distraídas y desorientadas, y a menudo las asalta la insertidumbre. Los sociólogos le llaman a este periodo "transición a la adultez" por que aunque es la primera vez que te vas a compartar como adulto en la sociedad, tienes poca experiencia para hacerlo. Y aunque es muy bueno sentir que estás ganando independencia, eso puede traducirse en vivir rodeada de peligros que ni siquiera imaginas.
imagina la siguiente situación: es tarde en la noche y te acabas de mudar a la ciudad; estuviste con unos nuevos amigos hasta que cerró el bar o la disco y decidiste ahorrarte el dinero del taxi y caminar 20 cuadras hasta tu casa. Tú puedes creer que estás actuando bien socialmente (y ahorrando dinero), pero en realidad estás cometiendo un típico error de los que empiezan a ser adultos, algo que es más común, sobre todo entre las mujeres. "Las jóvenes no tienen esto en cuenta".
Dicho esto:
*Puedes sufrir:Crímenes violentos como violación, agresión sexual, robo, asalto y asesinato.
*8 de cada 1000 mujeres son víctimas de su pareja o de un ex, mientras que 13 de cada 1000 son víctimas de un extraño.
*El porcentaje de asesinatos es mayor de las personas entre 18 y 24 años que en ningún otro grupo de edades.
*Cuando se trata de mujeres de 20 a 24 años el porcentaje de víctimas de crímenes violentos es 80% más alto que entre las que son sólo unos años mayores.
*La razón tras este aumento de cifras es que los hombre de 20 años (los que puedes conocer en un bar o caminando por la calle), son los más propensos a cometer un crimen.
*La mayor parte de los violadores tienen entre 18 y 25 años y buscan víctimas de su edad.

La independencia es buena siempre y cuando te sepas cuidar para esto te damos estos pequeños consejillos de lo que puedes hacer:
*Trae siempre un spray de pimienta o cualquier otro.
Si nunca lo has usado recuerda alejarte y colocarte en la dirección del viento para que no te caiga en los ojos, y no extiendas demasiado el brazo tu asaltante puede agarrarte.
*Antes de mudarte, investiga acerca del lugar, cómo es, qué cosas han pasado.
*Tener mucho cuidado y de preferencia no vivir sola.
*No andar sola en calles oscuras.
*Desconfiar siempre de cualquier persona que conozcas.

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24 Septiembre 2006

Medios de Comunicacion

Medios de comunicación
COMUNICACION
Proceso de transmisión y recepción de ideas, información y mensajes. En los últimos 150 años, y en especial en las dos últimas décadas, se ha tenido una de los tiempos de transmisión de la información a distancia y de acceso a la información que ha supuesto uno de los retos esenciales de nuestra sociedad.
ORIGENES
La comunicación actual entre dos personas es el resultado de múltiples métodos de expresión desarrollados durante siglos. Los gestos, el desarrollo del lenguaje y la necesidad de realizar acciones conjuntas tienen aquí un papel importante.
Aquí se explican algunos de los medios de comunicación mas relevantes a través de la historia del hombre que contribuido a una evolución en nuestros estilos de vida, aquellos como el pediorismo, la radio, la televisión, el cine y actualmente el internet.

PERIODISMO
El periodismo, proceso de recoleccion de datos e información (por parte de los reporteros), evaluación (por parte de los editores) y distribución (a través de distintos medios) de hechos de actualidad. Originalmente, el periodismo comprendía sólo los diarios y las publicaciones periódicas. Sin embargo, en nuestro siglo estos medios se ampliaron con la radio, la televisión y las películas de cine tanto documentales como informativas.

TELEVISION

HISTORIA DE LA TELEVISION
La historia del desarrollo de la televisión ha sido en esencia la historia de la búsqueda de un dispositivo adecuado para explorar imágenes.
Los primeros dispositivos realmente satisfactorios para captar imágenes fueron el iconoscopio, y el tubo disector de imágenes, inventado por el ingeniero de radio estadounidense Philo Taylor Farnsworth poco tiempo después. Con la llegada de los vulvos electronicos, los avances en la transmisión radiofónica y los circuitos electrónicos que se produjeron en los años posteriores a la I Guerra Mundial, los sistemas de televisión se convirtieron en una realidad.

EMISION
Las primeras emisiones públicas de televisión las efectuó la BBC en Inglaterra en 1927 y la CBS y NBC en Estados Unidos en 1930. En ambos casos se utilizaron sistemas mecánicos y los programas no se emitían con un horario regular. Las emisiones con programación se iniciaron en Inglaterra en 1936, y en Estados Unidos el día 30 de abril de 1939, coincidiendo con la inauguración de la Exposición Universal de Nueva York. Las emisiones programadas se interrumpieron durante la II Guerra Mundial, reanudándose cuando terminó.

A partir de la década de 1970, con la aparición de la televisión en color, los televisores experimentaron un crecimiento enorme.
A medida que la audiencia televisiva se incrementaba por millones, hubo otros sectores de la industria del ocio que sufrieron drásticos recortes de patrocinio. La industria del cine comenzó su declive con el cierre, de muchos locales.
En México, se habían realizado experimentos en televisión a partir de 1934, pero la puesta en funcionamiento de la primera estación de TV, Canal 5, en la ciudad de México, tuvo lugar en 1946. Al iniciarse la década de 1950 se implantó la televisión comercial y se iniciaron los programas regulares y en 1955 se creó Telesistema mexicano, por la fusión de los tres canales existentes.
Televisa, la empresa privada de televisión más importante de habla hispana, se fundó en 1973 y se ha convertido en uno de los centros emisores y de negocios, en el campo de la comunicación, más grande del mundo, ya que, además de canales y programas de televisión, desarrolla amplias actividades en radio, prensa y ediciones o espectáculos deportivos.
La televisión ha alcanzado una gran expansión en todo el ámbito latinoamericano. En la actualidad existen más de 300 canales de televisión y una audiencia, según el número de aparatos por hogares (más de 60 millones), de más de doscientos millones de personas.

RADIO
INTRODUCCIÓN
Radio, sistema de comunicación mediante ondas electromagnéticas que se propagan por el espacio. Se utilizan ondas radiofónicas de diferente longitud para distintos fines; por lo general se identifican mediante su frecuencia que va desde un kilohercio (kHz) es 1.000 ciclos por segundo, 1 megahercio (MHz) es 1 millón de ciclos por segundo y 1 gigahercio (GHz), 1.000 millones de ciclos por segundo. Las ondas de radio van desde algunos kilohercios a varios gigahercios.
Los sistemas normales de radiocomunicación constan de dos componentes básicos, el transmisor y el receptor. El primero genera oscilaciones eléctricas con una frecuencia de radio denominada frecuencia portadora. Los componentes fundamentales de un receptor de radio son: 1) una antena para recibir las ondas electromagnéticas y convertirlas en oscilaciones eléctricas; 2) amplificadores para aumentar la intensidad de dichas oscilaciones; 3) equipos para la demodulación; 4) un altavoz para convertir los impulsos en ondas sonoras perceptibles por el oído humano (y en televisión, un tubo de imágenes para convertir la señal en ondas luminosas visibles), y 5) en la mayoría de los receptores, unos osciladores para generar ondas de radiofrecuencia que puedan mezclarse con las ondas recibidas.
La radio actual
Los enormes avances en el campo de la tecnología de la comunicación radiofónica a partir de la II Guerra Mundial han hecho posible la exploración del espacio, puesta de manifiesto especialmente en las misiones Apolo a la Luna (1969-1972). A bordo de los módulos de mando y lunar se hallaban complejos equipos de transmisión y recepción, parte del compacto sistema de comunicaciones de muy alta frecuencia. El sistema realizaba simultáneamente funciones de voz y de exploración, calculando la distancia entre los dos vehículos mediante la medición del tiempo transcurrido entre la emisión de tonos y la recepción del eco. Las señales de voz de los astronautas también se transmitían simultáneamente a todo el mundo mediante una red de comunicaciones. El sistema de radio celular es una versión en miniatura de las grandes redes radiofónicas.
La radio en Internet
La radio tiene un hueco especial en Internet. En la actualidad, hay más de 4.000 emisoras que transmiten a través de ese medio, en su mayor parte ligadas a emisoras de radio convencionales, aunque hay empresas que han creado emisoras específicas.
Para poder oír la radio a través de Internet es necesario tener instalado en el ordenador o computadora un conector (plug-in) que soporte formatos de audio, como RealAudio y ASF, suministrados por las empresas RealNetworks y Microsoft, respectivamente.

CINE
INTRODUCCIÓN
Historia del cine, desarrollo histórico del arte audiovisual conocido como cinematografía.
ORÍGENES
El cine se desarrolló desde el punto de vista científico antes de que sus posibilidades artísticas o comerciales fueran conocidas y exploradas.
Los primeros experimentos
Hasta 1890, los científicos estaban interesados principalmente en el desarrollo de la fotografía más que en el de la cinematografía. Esto cambió cuando el antiguo inventor, y entonces ya industrial, Thomas Alva Edison construyó el Black Maria, un laboratorio cerca de West Orange (Nueva Jersey), que se convirtió en el lugar donde realizaba sus experimentos sobre imágenes en movimiento y el primer estudio de cine del mundo. Edison está considerado por algunos como el diseñador de la primera máquina de cine, el kinetoscopio, pero en realidad ni fue él el inventor ni el invento era propiamente una cámara de cine. Su ayudante, William K. L. Dickson fue quien hizo en realidad casi todo el trabajo, diseñando el sistema de engranajes, todavía empleado en las cámaras actuales, que permite que la película corra dentro de la cámara, e incluso fue él quien por vez primera logró en 1889 una rudimentaria imagen con sonido.
PELÍCULAS DE UNA BOBINA
En 1896 el ilusionista francés Georges Méliès demostró que el cine no sólo servía para grabar la realidad, sino que también podía recrearla o falsearla. Con estas imaginativas premisas, hizo una serie de películas que exploraban el potencial narrativo del nuevo medio, dando inicio al cine de una sola bobina. En un estudio en las afueras de París, Méliès rodó el primer gran filme puesto en escena cuya proyección duró cerca de quince minutos: L’Affaire Dreyfus (El caso Dreyfus, 1899) y filmó Cendrillas (Cenicienta, 1900) en 20 escenas. Pero sobre todo a Méliès se le recuerda por sus ingeniosas fantasías como Viaje a la luna (1902) y Alucinaciones del barón de Münchhausen, en las que experimentaba las posibilidades de los trucajes con la cámara de cine. Méliès descubrió que deteniendo la cámara en mitad de una toma y recolocando entonces los elementos de la escena antes de continuar podía, por ejemplo, hacer desaparecer objetos. Del mismo modo, retrocediendo la película unos cuantos centímetros y comenzando la siguiente toma encima de lo ya filmado, lograba superposiciones, exposiciones dobles y disoluciones (fundidos y encadenados, como elemento de transición entre distintas escenas). Sus cortometrajes fueron un éxito inmediato de público y pronto se difundieron por todo el mundo. Aunque hoy en día parecen poco más que curiosidades, son precursores significativos de las técnicas y los estilos de un arte entonces balbuceante..
El cine en México había empezado con Riña de hombres en el zócalo (1897). A partir de esta fecha no se dejaron de producir películas, generalmente noticiarios sobre la independencia y la Revolución Mexicana como El grito de Dolores (1910, de Felipe Jesús del Haro) o Insurrección en México (1911, de los hermanos Alva). En 1917, el gobierno de Venustiano Carranza restringe la difusión del cine documental revolucionario, y ese mismo año se funda la productora Azteca Film, que realiza películas de ficción como La obsesión.
A mediados de la década de 1920, la capacidad técnica del cine alemán sobrepasaba la de cualquier otro en el mundo. Los actores y los directores recibían un apoyo casi ilimitado por parte del Estado, que financió los mayores y mejor equipados estudios del mundo, los de la UFA (Universum Film Aktiengesellschaft), de Berlín. Los estudios introspectivos, expresionistas de la vida de las clases populares, conocidos como ‘películas de la calle’, se caracterizaban por su dignidad, belleza y duración, además de introducir grandes avances en el uso efectivo de la luz, los decorados y la fotografía. Los directores alemanes liberaron a la cámara del trípode y la pusieron sobre ruedas, consiguiendo una movilidad y una gracia que no se habían visto antes. Películas como las de Murnau El último (1924), protagonizada por Emil Jannings, o El espejo de la dicha (1926), de G. W. Pabst, protagonizada por una joven Greta Garbo, fueron aclamadas universalmente por la profundidad de las emociones que comunicaban y sus innovaciones técnicas. Debido a la emigración de los mejores talentos alemanes, austriacos y, en general, centroeuropeos, la producción de las películas decayó rápidamente tras 1925, convirtiéndose en una industria más que intentaba imitar el cine que se hacía en Hollywood.
En la década de 1920 las películas estadounidenses comenzaron a tener una sofisticación y una suavidad de estilo que sintetizaba lo que se había aprendido de la experiencia. Los majestuosos westerns románticos, como El caballo de hierro (1924), de John Ford, mostraban la economía y maestría narrativas que marcarían la trayectoria de los directores clásicos Frank Capra, William Wyler o George Stevens. Mientras, Cecil B. De Mille trataba de enmascarar el erotismo de sus primeras comedias sexuales, como El señorito Primavera (1921), tras la fachada bíblica de espectáculos como Los diez mandamientos (1923) o El rey de reyes (1927) en los que de hecho aparecían orgías y escenas de baño con el menor pretexto.
EL CINE SONORO
En 1926 la productora Warner Brothers introdujo el primer sistema sonoro eficaz, conocido como Vitaphone, consistente en la grabación de las bandas sonoras musicales y los textos hablados en grandes discos que se sincronizaban con la acción de la pantalla. En 1927, la Warner lanzó El cantor de jazz, de Alan Crosland, la primera película sonora, protagonizada por el showman de origen ruso Al Jolson, que alcanzó un éxito inmediato e inesperado entre el público. Su eslogan, sacado del texto de la película "aún no has oído nada", señaló el final de la era muda. Hacia 1931 el sistema Vitaphone había sido superado por el Movietone, que grababa el sonido directamente en la película, en un banda lateral. Este proceso, inventado por Lee de Forest, se convirtió en el estándar. El cine sonoro pasó a ser un fenómeno internacional de la noche a la mañana.
DESARROLLO DEL CINE EN COLOR
Los experimentos con película de color habían comenzado ya en 1906, pero sólo se había usado como curiosidad. Los sistemas ensayados, como el Technicolor de dos colores, fueron decepcionantes y fracasaban en el intento de entusiasmar al público. Pero hacia 1933 el Technicolor se había perfeccionado, con un sistema de tres colores comercializable, empleado por vez primera en la película La feria de la vanidad (1935), de Rouben Mamoulian, adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray.

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21 Septiembre 2006

Pensado... un poco

Cuidemos lo que pensamos

Escuchemos nuestras propias afirmaciones, tanto las que hacemos en voz alta como las que nos hacemos a nosotros mismos.

Una cosa debemos tener presente:

Los pensamientos de personas infelices, angustiadas o deprimidas contienen distorsiones.

La gente infeliz se miente así misma acerca de su vida, sus oportunidades y fracasos, sobre sus amigos y familia, su suerte y sus errores, sus ventajas y desventajas; se miente con respecto al talento, la felicidad y los recursos de otros y elabora luego una filosofía apenas consiente, la cual, puesto que no concuerda con la realidad, le causa problemas... Y MAS INFELICIDAD

Es como si viera al mundo a través de un prisma oscuro, que distorsiona su visión de la realidad.

Nelson Boswell

Hablando de anécdotas

Existe una anécdota que, sea verdad o leyenda, pinta muy bien a Thomas Alba Edison.

Cierta vez que el inventor estaba trabajando en el perfeccionamiento de su primera lámpara incandescente, le entregó una bombilla terminada a un joven ayudante, quien se puso muy nervioso y la llevo paso a paso escalera arriba, pero en el último peldaño la dejo caer. Todos los colaboradores de Edison tuvieron que trabajar otras 24 horas para hacer una nueva bombilla. Al cabo, el ilustre científico se la entregó al mismo muchacho.

Ese gesto probablemente cambió la vida del joven.

Edison sabía que estaba en juego algo más que el foco.

James Newton

Uno de los placeres más perdurables

que se puedan experimentar

es la sensación que nos invade

cuando perdonamos de corazón a un enemigo.

Lo sepa él o no.

O.A. Battista

Cuando todo empieza a salirnos bien,

ello se debe, a menudo,

a que hemos renunciado a ir a contracorriente.

A.T.S.

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21 Septiembre 2006

Imágenes Subliminales en imágenes religiosas

Si hay una cosa que uno no se espera encontrar en una publicación religiosa es precisamente una imagen subliminal. Puede parecer mentira o una conspiración de los opositores para hacer daño. A primera vista parece una farsa que hay que tomar con escepticismo, pero si se examina el tema ya es harina de otro costal. Se han dado multitud de explicaciones, cómo las formas caprichosas de las nubes que nos sugieren diferentes cosas, autosugestión psicológica, etc,... pero la verdad es que muchas personas ven lo mismo sin haberse puesto de acuerdo previamente. El asombro y la incredulidad dan lugar a una serie de preguntas. ¿Qué hacen estas imágenes subliminales en las publicaciones de la Sociedad?. ¿Qué motivo hay detrás de todo esto?..¿Por qué lo hacen?.

Se perciben tres tipos de imágenes subliminales. El primero es la sobreimpresión que consiste en colocar una imagen encima de otra. Está siempre oculta pero una vez localizado el foco la imagen salta a la vista,..¡ si no es la persona la que salta de asombro, cuándo la ve!.La mayoría de las veces se trata de caras parecidas a las gárgolas de la Edad Media ( eran una especie de canalones para el agua con formas de demonios). El segundo tipo es muy explicito y se refiere al sentido de la imagen siendo más sugestiva que subliminal. Por ejemplo podemos ver un caso concreto en la pagina donde se expone la imagen de Jesús en el madero sin barba, dónde sólo el malhechor más malo la lleva , consiguiendo así un mensaje subliminal: "para entrar en el paraíso tiene que ser sin barba". El tercero consiste en la integración de la imagen en una parte del decorado como una silla, un muro, un árbol, etc. Este es el tipo más común. Una vez que se sabe esto es fácil encontrarlas.
Jesús y el mejor amigo del hombre>

En la pág.67 del libro "El conocimiento que lleva a vida eterna", se ve a Jesús clavado en un madero pero también tiene una figura de un perro sobre su costado derecho. ¿Pueden Vds. apreciarlo?. A la mayoría nos gustan los perros pero es de mal gusto el representarlo en el cuerpo de Jesús, ¿no creen Vds?

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Hola soy Gaby Nallely Medina, soy estudiante de Ciencias de la Comunicación de 3ro grado en la Universidad Autónoma de Sinaloa ojala que te guste mi blog, me encantaría que publicaras comentarios y sugerencias sobre que te gustaria ver en este blog o sobre que te parece el blog, mil gracias!!!

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